

El otro día, a Soraya Eguizábal, de 13 años, española de Ceuta, de piel oscura, sus propios conciudadanos la increparon con violencia. Le gritaban “invasora”, “¿qué haces aquí, tuberculosa?”, “no te queremos con nosotros, vete ya”, “mora de mierda”, y otras lindezas por el estilo…Simplemente, la confundieron con una inmigrante. Cuando los unos y los otros son los mismos, es lo que suele pasar: que ni siquiera distinguen entre ellos. Los sembradores de odio encuentran un terreno abonado para su ruindad y su vileza. Y logran alzar a los energúmenos de los unos contra los desgraciados de los otros, enfrentándose entre sí: y creyéndose unos mejores que otros, aún siendo de la misma raza, tan solo porque unos tienen DNI, y los otros no. Sobra mala fe, y falta buena educación. Sobra ignorancia y falta cultura… Han sido quemados asentamientos de migrantes, y aquí, en Mula, a un técnico informático marroquí, asentado 20 años de vecino, igual fue agredido y herido. “Esto es por lo de Ceuta”, le dijeron, y yo pregunto: ¿qué hubiera pasado si hubiera sucedido al revés?..
En estos casos – como en tantos de todo el mundo – tenemos esos Unos que, por el hecho de tener carnet español, viven en un nivel más o menos digno. Tienen sanidad garantizada, educación para sus hijos, nacionalidad, trabajo… Y tenemos esos Otros que, aún compartiendo sangre, no tienen absolutamente nada, ni siquiera una patria que los acoja y los atienda, sino todo lo contrario: son empujados para que se marchen de ella, y luego se encuentran que son repudiados en donde llegan. No son queridos ni por los unos ni por los otros, aún siendo los mismos… y hasta hermanos de religión. Y aquí es cuando esos Unos se convierten en Hunos.
Y es que, como dice Jodorowsky, “por mucho que se diga y se repita “pan”, no quita el hambre”… Y el hambre que traen es de muchas clases: de justicia, de derechos humanos, de falta de libertad, de solidaridad, de acogida, y de chusco, por supuesto. Para entender esto tan solo hay que tener un mínimo, algo, un poco, de conciencia. Cualesquiera de los que se suman a las críticas invasionales, si estuvieran en su piel, harían exactamente lo mismo, estoy seguro de ello. Y no dejo de comprender las dificultades sociales, económicas, administrativas y de convivencia, que comportan estas situaciones, por supuesto, pero creo, me parece a mí, que el principio de que todos somos la misma humanidad debería de estar por encima de cualquier otra consideración.
Mientras no sepamos, y queramos, ponernos en el pellejo del otro (y está claro que no es así) seguiremos siendo, no solo ellos, nosotros también, de los unos y de los otros… Naturalmente, el rechazo, el odio, el racismo, y el no-somos-lo-mismo tiene una causa clara y patente: el interés económico movido por el interés político, que es lo que engrasa y facilita el poder que buscan nuestros dirigentes. El resto de los demás, usted, aquél otro, yo, tan solo somo la masa gentificada que manejan los de un lado y los del otro, que también somos los mismos… Nos ponen una pancarta en las manos, se nos induce a tomar las calles, y se nos pone a protestar a favor de los unos y en contra los otros, o al revés, da igual. Nos convencen de que es por nuestro interés, pero no es cierto, es solo por el suyo de partido. Nosotros compramos y consumimos lo que nos venden, nada más, y, como a manada de reses, nos hacen embestir contra los unos o los otros, según a ellos convenga.
“Cuando el mundo no es lo que tú quieres que sea, es porque lo que en verdad no quieres es que el mundo sea lo que debe ser” (Gurdjieff).- En esta frase del filósofo y teósofo está centrada la verdadera verdad de todo… Ya sé que esto es pasar a mayores (aparente giro a la cuestión que tratamos), pero es que todo, absolutamente todo, sin excepción alguna, reside en todos y cada uno de nosotros. En la capacidad y responsabilidad de las personas, de cada ser humano, en cambiar el estado de las cosas.
Y lo que es más claro que el agua – cuando ya ni siquiera el agua está clara – es que el estado de las cosas de nuestro mundo y de nuestras sociedades está negativamente alterado, y que lo único a lo que atinamos es a la huida hacia adelante… Si practicamos el consumismo, el hedonismo y el narcisismo, no es por casualidad. Ni tampoco es una conquista positiva. Ni siquiera es un derecho. Mentira. Es porque nos han hecho creer que nos lo merecemos, que es nuestro derecho, y que hacemos bien en disfrutarlo por encima de todo y pase lo que pase. Se nos ha convencido de ello porque conviene a sus intereses y a nuestra ceguera… Lo que no se nos dice es que es a costa de que otra media humanidad esté encadenada a la miseria, al hambre, a la persecución y al rechazo de la otra mitad.
Por eso mismo, que cuando se nos viene encima algo como lo de Ceuta (hay otras muchas ceutas, pero nos pillan lejos) valoramos más nuestra propia comodidad y disfrute que la propia humanidad, y con nuestra actitud provocamos la injusticia en base a nuestra propia justicia… Ya saben, la de los Hunos y la de los Otros. Ustedes podrán pensar de mí o llamarme lo que quieran, pero cuando los derechos de una parte de la humanidad se sostienen quitándoselos a otra parte de esa misma humanidad, tarde o temprano, estalla el conflicto. Todo lo que está construido fuera de un justo equilibrio, genera inestabilidad, y acaba pasando factura a través de la fractura.
El maestro Gurdjieff antes citado, apunta a que es el hombre el que, en el fondo, no quiere lo que dice querer; que nos mentimos y engañamos a nosotros mismos… Luego, unos más, otros menos, la responsabilidad de lo que se nos viene y de lo que nos venga, tan solo es nuestra. Seguiremos, claro, hablando de los hunos y de los otros, y justificaremos nuestros actos, o falta de ellos, con esos otros y esos unos. Pero resulta, tomen debida nota, caballeros y caballeras, señoras y señoros, que esos tales unos y esos tales otros, somos nosotros mismos. Nos guste, o no, reconocerlo, que sé que va a ser que no…
Y en esto, como en tantas otras, unos pocos nos manejan a otros muchos, y nos enfrentan entre nosotros mismos, para que no podamos adquirir la fuerza que otorga la unión; ya que esos tales hunos se alimentan de nuestra división… Pero nosotros, los otros, estamos muy a gusto con nuestra ceguera, que sigue siendo la misma que era.
Miguel Galindo Sánchez / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com
