
Ahora que soy mayor y el tiempo me ralentiza hasta hacérseme espeso, me doy cuenta de lo que antes no me fijaba, dadas mis propias revoluciones a las que iba… La nevera deja de enfriar, el grifo gotea, la cisterna pierde agua, la secadora no va, hay goteras en el techo cuando llueve, y mi cuerpo, sin llover, igual tiene cien goteras… Voy perdiendo, irremisiblemente, los puntos de referencia y anclajes humanos que me iban quedando. Y me encuentro más a merced de lo que pueda pasar en la soledad de mí mismo.
Yo llamo a eso “la anarquía del órden”, pero me remito al físico austriaco Ludwig Boltzmann (s.XIX), al que hace más años de los que quisiera, leí, y al que le obsesionaba el hecho de que el universo tendía siempre al caos… Así que he buscado en mi revuelta biblioteca alguno de sus libros, para tratar de releer algunos capítulos, y compararlos con la perspectiva que ya me otorga el tiempo. Un tiempo que se empeña en enseñarme lo que quizá entonces entendí a medias, que es lo menos seguro.
Él afirmaba que todo lo creado camina a su disolución: las construcciones y los cuerpos decaen y acaban en ruinas; todo lo que nace de la naturaleza muere en la naturaleza, y hasta las mismas civilizaciones desaparecen una tras otra… Incluso los papeles que se guardan en un cajón, se mezclan entre ellos y tienden al caos.. Boltzmann aseguraba que todo, absolutamente todo, cae del lado del desorden con la misma naturalidad que una piedra cae por su propio peso… Decía que “el orden, sin ser imposible, resultaba del todo improbable”; y, sin embargo, paradógicamente, ese orden nace del mismo caos, el mismo al que, irremisiblemente, tiende a caer.
Si se agitase durante miles de millones de años (ese es el tiempo que el mundo se toma para sus cosas) las letras de un cajetín de imprenta, acabaría apareciendo, por puro… ¿azar?, algún capítulo del Quijote cervantino; o de la guía telefónica, o la lista de la compra del supermercado. Esto es: el orden como casualidad, si bien yo creo más en la causalidad, aunque esta “causa” nos quede lejos de nuestro escaso entendimiento… lo llamemos como lo llamemos.
Pasado ese tiempo de Boltzmann, a lomos de la ciencia llegaron otros que llevaron esa idea a un extremo ciertamente que inquietante. Establecieron que quizá sea probable que aparezca espontáneamente un solo cerebro con recuerdos falsos implantados, que un universo entero organizado, como el que creemos estar compartiendo… Un cerebro universal convencido de haber tenido una infancia, padres, familia, pareja, hijos; haber sacado unas oposiciones, o no, o haber padecido una viruela tardía; aunque todo eso, y lo que creemos que nos rodea, acabe de surgir del vacío más absoluto… A eso se la llama “el cerebro de Boltzmann”, y no me digan que no es para acojonar al más pintado. Sin embargo, no es otra cosa que el pensamiento búdico sobre que el mundo es tan solo que una ilusión, eso sí, muy bien montada.
Veamos, y no se me espanten: la idea es que la realidad de cada cual se la fabrica ese mismo cada cual, e interactúa con la del resto de cada cuales ajenos a sí mismo, ¿me siguen?.. Su casa, sus cosas y sus casos, hasta el papel higiénico, y lo que nos pasa o deja de pasarnos, es producido por nuestra propia existencia subliminal, sin tener mayor valor que la de producir nuestra propia experiencia. Por eso que el todo y la nada sean de la misma naturaleza. Ya sé que es difícil de creer, pero nuestra vida es el resultado de esa “no creencia”.
Sin embargo, fíjense que la ciencia más actual… sí, lo han adivinado, mi pregonada física quántica, demuestra que eso es tal que así mismo, sin modificar un solo punto ni una sola coma. La realidad como hábito, como costumbre, como rutina, pero no como dogma externo. Y si lo pensamos bien pensado, veríamos que no es otra cosa que las antiguas sabidurías nos han ido comunicando y nosotros olvidando, esto es: la Teoría Holística del Universo. Ni más, ni menos.
O sea: todos estamos en el Uno como el Uno está en todos. Cada cual de esos nosotros, y hasta la última mosca… ¿Vivimos en el pensamiento de lo que llamamos Dios?.. Pues créalo así, si a sí mismo le place. Lo importante no es el nombre de la etiqueta que se le pone, sino el concepto por el que se le re-conoce, al fin y al cabo. Y el concepto se acerca, cada vez más, a que solo existe una plenitud, de la que salimos y a la que volvemos; y de lo demás, como decía mi abuela, “es furufalla y glea”, que no sé lo que es lo segundo, pero sí lo primero.
Tampoco resulta excesivamente extraño, como reconocía al principio, que a estas alturas de mi vida, me vaya fijando – y recordando – estas cosas con mayor detenimiento que antes… Es natural, y hasta lógico. A la postre, estoy más cerca, bastante más, de la gatera de salida que de la que tuve de entrada. Y en la luz del ocaso se ven las cosas más claras que con la del amanecer, que deslumbra lo suyo.
Y si lo he titulado Orden y Desorden, igual valdría el de el Orden EN el Desorden, como también el Orden DEL Desorden. Todo viene a ser lo mismo, puesto que todo viene de lo mismo… Habría que revisar todas nuestras ciencias, creencias y conciencias; todas nuestras teologías impostadas y nuestras tradiciones importadas, para poder adquirir un poco de perspectiva de lo que llamamos, o conocemos, por la Verdad. Y esta verdad no desdice nada, pero lo incluye todo. El problema es que les han puesto ramaleras a nuestros pensamientos, y nos conducen, mansamente, a creer todo lo contrario a lo que es… Y nosotros, naturalmente, tan felices y contentos.

MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com
