
Hace tiempo, mucho tiempo, siendo joven, leí a Confucio una historia que, por la causa que sea, me ha venido a la memoria: decía que el ser humano es como una tortuga, que cría un inmenso caparazón para defenderse y sentirse protegida, a cambio de ir muy lento en su penoso caminar. Y razonaba en su paradoja que, si no llevara su armadura a cuestas, correría como una liebre… Naturalmente, la aparente seguridad de su caparazón se eclipsaba porque sus enemigos podían darle caza sin necesidad de esforzarse. Al comparar la tortuga con el hombre, establecía un claro paralelismo: las personas nos creamos y echamos encima una serie de creencias y querencias; de ritos y de mitos; de tradiciones y confusiones; de ataduras e inculturas; de seres errados y herrados, que hace lenta, excesivamente lenta, nuestra evolución natural.
Me estoy refiriendo, claro está, no al aspecto – y espectro – físico, sino a evolución intelectual y conciencial. El reflejo de nuestra lentitud se ve en la sociedad que estamos formando y que estamos acatando. Nuestro retrato como personas espirituales está plasmado en el mundo que vivimos… No podemos decir lo de que “nunca ha estado tan mal”, porque faltaríamos a la verdad, ya que la Edad Media, o la prehistoria del hombre, fue bastante peor. Pero, sin embargo, el progreso de las civilizaciones jamás se ha correspondido con nuestro progreso moral y espiritual, que, en definitiva, de eso mismo se trata y es lo que cuenta. Buena prueba de tal desequilibrio es que esas culturas han ido cayendo una tras otra, sucediéndose y desapareciendo continuamente.
Tampoco hace falta ser un superdotado mental para apreciar, en la nuestra actual, inequívocos signos de decadencia, tanto en lo material, como en lo moral, como en la crisis de valores, que anuncian un inevitable y paradigmático cambio en ciernes. Estamos acabando… y digo bien, y subrayo lo de “estamos”, un ciclo, que somos nosotros solos los que cierran y abren esos “ciclos”, en aparente espiral, y de lo que somos únicos responsables. Cada cual, todos y cada uno de nosotros, forjamos tanto la excelencia como la decadencia, bien sea a nivel personal, como a nivel colectivo. Las sociedades se agotan, y se agostan, en sus genuinos y auténticos valores; se crean falsas prioridades; y se atribuyen injustos derechos que no le corresponden. Lo demás, viene por sí solo, por su propia cadencia: la desigualdad produce desequilibrio, el desequilibrio produce inestabilidad, y la inestabilidad ocasiona el derrumbe de lo construido sobre tales premisas… Nos hemos dotado de un caparazón que ya no nos deja avanzar, como la tortuga de Confucio.
Habría, quizá, que retrotraerse al origen de ese mismo ser humano sobre la tierra, para adivinar las causas que producen tales efectos… La primera evolución dentro de lo que entendemos por “vida”, fue netamente animal. El futuro del ser humano pasó por las diferentes etapas evolutivas físicas, desde la vida en el mar hasta la vida en tierra firme, pasando por su fase de reptil, hasta alcanzar la categoría de homínido. Como simple parte de sus distintas familias zoológicas. El salto a humano no está muy claro cómo fué. El Génesis de la Cabalah hebrea, que es el aceptado por el catolicismo, lo relata como una creación única y exclusiva, fuera del concepto evolutivo comúnmente aceptado por la ciencia: Dios creó al hombre del barro de la tierra, a su imagen y semejanza, y le dio poder para poner nombre a todo lo creado anteriormente.
Sin embargo, en los Textos Gnósticos, se describe con una ligera y sutil, pero muy importante, variación: el tal llamado Hombre, “se arrastraba por la tierra”, tal y como un reptil más de las muchas familias de reptiles, quizá, eso sí, la más apropiada genéticamente. Entonces, fué Dios el que “le sopló en su oído el aliento divino”, y se irguió de la tierra, en diferentes etapas evolutivas, conociéndose a sí mismo, re-conociéndose, tomando consciencia de su propia personalidad, comenzando a ser “persona”. Una entidad autoconsciente, tanto de sí, como de cuánto le rodeaba… Esta versión parece más posible, ya que se acerca a la realidad evolutiva humana. Que aún conservemos lo que se conoce por “cerebro reptiliano”, no es una casualidad, es más bien una causalidad.
Y creo que es a partir de ese punto en el que comenzamos a sedimentar sobre esa autoconsciencia el caparazón tortuguil en el que nos autoprotejemos. Se parece mucho al mito platónico de “La Caverna”, de la que nos negamos salir a la luz, porque nos sentimos protegidos en nuestra oscuridad… Cuando se nos dotó de propio conocimiento, ya nos fue anunciado que habríamos de arriesgar, que deberíamos ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, y parirnos a nosotros mismos con dolor y con sangre. En pocas palabras: la evolución la hemos de lograr tanto a través del sufrimiento físico – por estar encerrados en un cuerpo – como moral, ya que en esa cárcel de materia alienta El que nos sopló tal aliento… El conocimiento no se merece, se gana a pulso.
Desde entonces, andamos buscando la salida de ésta, nuestra autobuscada Odisea, para regresar, con ese cúmulo experiencial, a nuestra Ítaca natal, a nuestro verdadero origen, a nuestra patria genuina… Lo que queda en la duda, es si tal paso se dio por castigo, o, por el contrario, fue autoasumido. Personalmente, creo que fue lo segundo, pues, si así no fuese, ¿dónde queda el libre albedrío?.. Pero, sea como fuere la causa, no cambia el efecto. Y ese tal efecto es el que aún no hemos sabido superar. Seguimos aferrándonos a la materia como desesperados, ciegos cavernícolas, sin aún atisbar la luz que nos saque de nuestra gruta. Seguimos criando concha como los galápagos, arrastrando un cada vez más pesado caparazón de tortugas viejas… No nos terminamos de creer que somos liebres, no tortugas.
Yo le veo también una familiar conexión con el mundo angélico que nos pintan nuestras religiones. Es posible que seamos ángeles encarnados (“…y los ángeles se unieron a las hijas de los hombres”), al igual que los hay desencarnados, o incluso aún no encarnados… Puede ser hasta que seamos aquellos “ángeles caídos” para experimentar la creación desde lo más profundo y aparente caos de la materia, hasta evolucionar a la energía primigenia (divina) de donde nace todo lo conocido. Eso es lo que llamamos “adquirir conocimiento”… La cuestión es que estamos en ello, y, otra vez más, en tiempos oscuros, donde los odios, las egolatrías, y las más torpes ignorancias, envuelven el mundo que nos hemos hecho. El intentar renacer, o el volver a morir, ya es cosa nuestra.
“Así como todo demonio es un ángel caído, cada ángel es un demonio ascendido” (A. Jodorowsky).

Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
