
Un día ya lejano, hace muchos años, un sabio amigo mío, Miguel como yo, cuyas regulares visitas se perdieron en el tiempo, me dijo algo que, aún de vez en cuando, viene a repiquetear en la ventana de mi mente, como para recordármelo y que no se me olvide. Quizá por eso mismo lo escribo hoy aquí: “Tú no eres tus emociones”… Le pregunté qué quería decir exactamente, y le pedí que me lo explicara con detalle. “No – me contestó – eso es algo que tendrás que ir descubriendo por ti mismo”.
En muchas ocasiones posteriores me he acordado de aquellas palabras, pues mucho he leído y he vivido desde entonces… Y cada vez creo estar más cerca de lo que quiso decirme con ese escueto, pero profundo, comentario, que a todos nos incumbe, por cierto, como personas que somos. Efectivamente, no somos nuestras emociones; nuestro ser genuino está por encima de ellas. Somos otra cosa, o caso, diferente, que transciende todo ese fárrago emocional con el que nos debatimos a diario, y con el que, erróneamente, nos identificamos.
Las emociones, en realidad, tienen su nacimiento en la corporeidad y la materialidad más que en el espíritu… Si nos molestamos en pensarlo un poquico, veremos con meridiana claridad que las emociones pasan a la mente ya elaboradas por lo que vivimos en nuestro mundo de materia. Es en el alma, terreno mixto y neutral, donde se libra la batalla entre lo espiritual y lo material. Las emociones son el producto elaborado que nace de tal confrontación, pero, aunque aparentemente forme parte de nosotros, realmente no “somos” nosotros.
De este mismo punto parte, precisamente, la gran pregunta de ¿Entonces qué somos nosotros?.. Si damos por cierto que nuestra parte más minúscula y escondida es una chispa divina (la conciencia de reconocernos a nosotros mismos), está claro que no somos nuestras emociones, que siempre son superficiales, ya que Dios no tiene emociones. Tiene su sentido. Las emociones nos vienen de la imperfección del ser humano, y Dios es perfecto, no imperfecto… Veámoslo desde otra perspectiva, si quieren. Las emociones pueden ser tanto positivas como negativas, según nuestra propia y personal apreciación, claro, pero en ese Dios solo cabe la plenitud, la infinitud y, por lo tanto, la estabilidad absoluta. Nada de inestable existe en su esencia.
Así que, cuando mi muy estimado tocayo me dijo que yo no soy mis emociones, me estaba diciendo en realidad que tratara de identificar, en lo posible, a mi auténtico Yo más allá de lo que superficialmente sentía en cada momento de mi entonces muy ajetreada vida; que andamos perdidos dentro de nosotros mismos, en definitiva… No es otra cosa que la antiquísima inscripción que había grabada en el frontispicio del Oráculo de Delfos de “Hombre, conócete a ti mismo”… Han pasado cuatro mil años y aún seguimos buscándonos sin habernos encontrado. Y, en los tiempos que vivimos, no parece tampoco que hayamos dado con el camino correcto. Y lo digo por los frutos que conocemos, por supuesto.
Tampoco quiero decir con esto que esas emociones no jueguen su papel dentro de nuestras existencias, ni mucho menos… Tienen un rol establecido y muy concreto: hacernos conscientes de nuestras experiencias, que tampoco es poco. Con ellas y de ellas aprendemos, no cabe la menor duda, pero no somos ellas – hemos de aprender a relativizarlas – porque somos más, muchos más, infinitamente más, que ellas. Y no uso aquí el concepto de infinitud como una descripción vulgar, sino con toda la intención. Me explico: Las emociones pasan, son perecederas; aparecen, hacen su papel en nosotros, y pasan, mueren… Sin embargo, el YO infinito que traemos puesto de fábrica no participa de la misma naturaleza.
De hecho, las emociones son como la lija con que limamos las asperezas de nuestros sentimientos. Y ni siquiera estoy seguro que igual sean patrimonio de ese tal espíritu, si bien que en la enseñanza que nos procuran, no en lo que nos altera. Cierto que las emociones pasan fugaces y los sentimientos permanecen en nosotros mientras vivimos, pero mudables y modificables. No tengo muy claro que vayan mucho más allá que el alma – ánima – que es de donde viene ánimo – en las personas conscientes de sí mismas. Es más, creo que aquí es donde se establece la diferencia, si me permiten exponerlo al respetable.
Yo pienso que nuestros hermanos animados, los animales, también son perceptores de emociones, si bien que en grado más bajo dentro de la muy amplia gama de niveles (evolución); incluso me atrevería a decir que eso les procura igualmente cierto catálogo de “sentimientos”… La enorme, y no sé si trascendental, diferencia, estriba en que nosotros tenemos consciencia personal de ello, y nuestros animales, por el contrario, su “consciencia” es más genérica (grupal) que individual… Sin embargo, esas emociones y/o sensaciones, más ligadas a lo instintivo que a lo sensitivo, nos son comunes a ambos.
La verdad es que no sé a qué viene la paliza que les he dado con éste de hoy… Como también ignoro si habrá tenido interés para algunos álguienes. A veces, la bola que gira en la ruleta del pensamiento se detiene en la casilla equivocada, y sale lo que sale, aunque la Banca, ya saben, siempre gana, nunca pierde… En este caso concreto de hoy se trata de averiguar qué, o quién, es esa escurridiza Banca, aunque me sospecho que anda escondida detrás de las emociones. Precisamente. Lo único que quiero trasladarles a ustedes, no es otra cosa que lo que un día lejano, hace décadas, me dijo mi “mentor”: no somos nuestras emociones, en modo alguno y de ninguna manera. Nuestra misión en la vida es usarlas en nuestro desarrollo integral como personas, pero no dejarnos arrastrar por ellas, pues eso sería como si la herramienta nos usara a nosotros, y no nosotros a nuestra herramienta.
“Lo importante no es saber lo que vale un peine; lo importante es saber para qué vale ese peine”… (Anónimo)

Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
