

“Es la actitud la que debe evaluarse: debemos investigar si el rico puede contentarse si cae en la pobreza, y si el pobre puede contenerse si cae en la riqueza” (Séneca).
El gran estóico y filósofo hispanoromano, contemporáneo de Jesucristo, por cierto, dejó esparcida su enorme sabiduría en sentencias que no se desdecían en absoluto con lo que el rabí galileo dejó plasmado en su Evangelio… Se dice, si bien no está comprobado, que Saulo de Tarso y él coincidieron y trataron en profundidad sobre máximas morales, ética y de comportamiento humano. Hay autores quiénes aseguran que, cuando ese S. Pablo predicó en el Areópago griego, Séneca estuvo presente, e incluso compartieron conocimientos entre ambos dos. Pero, ya digo, no está constatado.
Si se fijan con los ojos del pensamiento (que ven más allá que los físicos) comprobarán que Séneca – Lucio Anneo Séneca – pone su importancia en la actitud de las personas, pero no en el hecho de la riqueza o de la pobreza, lo que considera circunstancial, y nada primordial… La cuestión reside en cómo cada cual se comporta ante esa pobreza o ante esa riqueza.. Precisamente, es el propio Séneca al que se le adjudica el pensamiento derivado de que “no es más pobre el que menos tiene, sino el que más desea”… Cuando Jesús hizo el comentario que hizo en su parábola del paso del camello por el ojo de la aguja (en realidad existió una angosta “puerta de la Aguja” en las murallas de Jerusalén), no se refería a la riqueza en sí misma, sino a la actitud del rico en cuestión.
La riqueza o la pobreza son nociones que derivan del interior del ser humano, y que se exteriorizan en las sociedades que formamos. La riqueza se polariza en el deseo de posesión, que provoca el sentido de carencia, y que provoca su contrario: la pobreza, sobre aquello que se desea… La cuestión tiene una tremenda lógica: los bienes materiales son limitados, pero el ansia de poseerlos es ilimitada. Luego solo hay una manera de obtenerlos, y es quitándolos a los demás para acumularlos en uno mismo. Y esa, y no otra, es la rotura del equilibrio de lo justo… Dios, la naturaleza, las leyes cósmicas, o lo que usted quiera llamar a lo que quiere describir, se dicta bajo el “compartir”; y nosotros, los hombres, lo hemos trocado – y trucado -con el “repartir”. Y no es lo mismo.
Y no lo es, porque eso implica leyes injustas por parte del que parte y reparte… Así, las personas nos hecho a nosotras mismas pobres, o ricas, en función de lo que se TIENE, y no de lo que se ES. De ahí el hincapié del Cristo en su Sermón de la Montaña sobre “bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de Dios”. Pero la clave, si se fijan, no es en la Posesión, pues su Reino no es de este mundo (material), si no en la actitud, ya que lo eterno no se puede repartir, dado que hay por lo sobrado para quién sepa valorarlo. Por eso que los que buscan lo primero no pueden alcanzar lo segundo.
Y de ahí que ambas nociones (en realidad son la cara y la cruz del mismo concepto) sea más una actitud humana que un hecho material. La verdad es que lo segundo es consecuencia de la primera, esto es, la riqueza y pobreza es el efecto de la causa “Hombre”… Y es la asignatura pendiente en la evolución desde que Caín despachó a Abel porque no estaba conforme con el reparto de roles, según su punto de vista, naturalmente… La humanidad se desgarra entre la pobreza y la riqueza, porque el hombre se divide entre la codicia y la justicia.
Digo más: la justicia humana se ha construido en base a la igual de humana codicia… De ahí las enormes desigualdades dentro de nuestras sociedades. Tanto en el mundo como en las naciones que formamos ese mismo mundo. En nuestro propio país, con su gobierno que se dice progresista y se autorotula socialista, la brecha entre pobres y ricos se abre cada año que pasa más y más… A poco que recapaciten (intenten pensar) observarán que grandes oligarquías financieras están monopolizando todos los recursos naturales del planeta, para vendernos lo que por derecho natural pertenece a sus habitantes todos – no a unos pocos solo – ya que somos los que lo cultivamos y producimos, para ser comprados a precio de misera y vendidos a precio de oro.
Estamos formando un mundo de ricos y pobres con y en sociedades donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, y con el concurso de todos y cada uno de nosotros… La rueda de la noria es tremendamente simple: están los productores y consumidores, que somos los mismos; y están los amos… Los de los recursos y los que los monopolizan. Y donde, como decía Séneca, el rico no se contenta con su riqueza, y el pobre apenas se contiene en su pobreza… Así que seguimos fiando, porfiando y confiando en las actitudes de la que nos hablaba aquél sabio.
Y nuestra actitud es que nos creemos ricos los que podemos llenar el capazo de la compra, con respecto a los que en su propia tierra se están muriendo de hambre; cuando somos los mismos desgraciados en distintos niveles de pobreza… Y les cerramos las puertas a los más pobres que nosotros para no compartir las miserables y ruines migajas que a nosotros nos dejan los amos en verdad ricos. Y eso que así lo predican se llaman cristianos, cuando tan solo son romanos, esclavos del cesarismo; o católicos de ritos, dogmas y mitos.
Y es que aún no hemos aprendido. Dos mil años desde Séneca y Jesús, y todavía no sabemos que la riqueza y la pobreza es espiritual más que material, y dos opuestos de la misma cosa: desigualdad, injusticia, insolidaridad, egoísmo, y miedo, mucho miedo, porque no queremos perder las bastardas monedas con las que nos hemos vendido a nosotros mismos: treinta cochinas monedas de barro acuñadas por los que nos compran con ellas, y que se nos disolverán entre los dedos, cuando ya nadie sea pobre entre los ricos, ni rico entre los pobres.
MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ // www.escriburgo.com // miguel@galindofi.com
