
En teoría, el Jueves Santo celebraba la Iglesia en sus rituales el acto de la Última Cena, en el que Jesús se despidió de sus discípulos; luego, el Viernes Santo, introduce la Pasión y Muerte, con toda su simbología a cuestas; y al día siguiente ya estaba proclamando el Sábado de Gloria, a costa de un posterior Domingo de Resurrección… A poco que nos fijemos, no salen las cuentas. Si, según la tradición, Cristo estuvo tres días dándose una vuelta por los Infiernos, fuese lo que fuese esos infiernos, y luego, al tercer día, resucitó, como poco, la Iglesia se ha comido un día.
Los motivos de esa reducción no lo sabemos (yo no lo sé). Quizá para no coincidir con la fiesta del Sabbath, en la que los judíos celebran su descanso, o por algún tipo de estrategia religiosa en la que encajar ese par de dudosos días… Y admito por anticipado que eso no deja de ser una tontuna por mi parte, si lo comparamos con una actualidad en que esos detalles son los que menos interesan, ya que lo que importa es el fasto en la escenificación del relato, más, mucho más, que el fondo de la cuestión… Y más cuando detrás vienen achuchando unas Fiestas de Primavera (más profanas que religiosas, aunque se meta alguna Virgen por en medio) para no perder el oficio del jolgorio… Hay que aprovechar el tiempo, ya que, como bien dice el refrán, “el tiempo es oro”.
Pero es un detalle que suele pasarnos desapercibido… Como cuando, de chiquillo, oía el repiqueteo de las campanas del pueblo, y la jarana de lo que se tiraba por la ventana, con alguna traca o petardo, y yo preguntaba el motivo de aquello, contestándoseme: “porque Dios ha resucitado”… Un día de esos, se me ocurrió pensar cómo puede resucitar un Dios que, siendo eterno, no puede morir. O aquel catecismo de aquel padre Ripalda estaba equivocado, o yo estaba chalado. Por supuesto, era lo segundo… “pero no lo preguntes por ahí, que te la vas a buscar, ¡joío crío!”, me razonaba mi maestro, aquél bueno de don Joaquín.
Naturalmente, era una de mis muchas incomprensiones de las que mejor callarse por lo que pudiera pasar, e ir buscándome con el tiempo las explicaciones por mis propios medios… Gracias a ese Dios, dónde he buscado, he encontrado, como también dijo el propio crucificado. Lo que pasa es que han pasado casi 70 años de aquellos episodios de mi niñez, y me asombra que el personal siga participando en lo que ya no cree en lo que dice creer, pues en lo que cree es en la fiesta continua del becerro de oro. Por eso se cree en lo que se quiere, y se prologan las fiestas días y semanas, por santas que sean, como la Navidad. Tampoco es que parezca importar mucho, visto lo visto.
A nivel mundo, y quitando lo cañí español de hacer festivo cada negocio, y hacer de cada negocio una fiesta, que tampoco es mala idea vivir de la fiesta, como la cigarra de Samaniego, no es que tampoco nos hayamos esforzado mucho por tratar de entender la verdad de los casos, ni de las cosas que nos lleven a la verdad… Con aquel mejunje que se hizo con unos restos de religión judaica adheridos a las nuevas creencias cristianas, Paulo de Tarso modeló el pseudocristianismo católico, con el que todos fuimos empapados y “redimidos” por bautizados, siendo el resultado lo que hoy somos, tenemos y hacemos: en la actualidad, Alá por los musulmanes, Yahvé por los judíos, y a nuestro Jesucristo por lo que seamos nosotros, andan los tres metidos en guerra, masacrándonos los unos a los otros, que es lo que nos priva.
Cada uno, como los perros asilvestrados en los que se han y nos hemos convertido, marcando nuestro propio territorio, y robándonoslo entre nosotros, mientras el resto ladramos por el hueso que podamos sacar, nos infectamos las mentes de cada cual sus fieles con un odio irreconciliable… Este año, las monas de Pascua han estado trufadas con drones de muerte y misiles atómicos. Es el petróleo y su espacio distributivo lo que hay en juego, sin embargo, lo revestimos de dioses inventados por las religiones de cada bando y bandera, y de cada iglesia pendenciera… Como decía mi buen amigo y cura Antonio: ”Cristo sí que resucitó, pero nosotros no resucitamos porque no queremos resucitar”… No, claro que no queremos, lo único que queremos de verdad es sacarlo en procesión y hacer fiesta y negocio de ello. Y mirarnos en el lujo que le colgamos.
Cuando escribo éste de hoy, los astronautas de la misión Artemis-2 están llegando a la Luna y se preparan para circunvalarla y estar de vuelta a casa en unos días… Van en la cápsula Orión, capitaneados por la Nasa, y pertenecientes a diversas naciones del mundo. Están haciendo historia, según los medios de comunicación. Cierto. Pero por un solo y exclusivo detalle: hasta este momento, no ha sido contaminado con la política imperante en el ese mismo mundo que los ha mandado allí. Es el único punto de esperanza al que agarrarme… Si cuando estos párrafos salgan publicados, el bocazas de Trump, o cualquiera otro de cualquier cohorte, lo ensucia con sus declaraciones de almas podridas, entonces lo habremos echado a pitos. Quedará tan corrompido como estamos las sociedades de ese tal y mismo mundo, y el veneno llegará hasta el fin de lo que toquemos.
”En estos días de primavera, aún en medio de esta Pascua de sangre, todo el mundo puede resucitar a su manera, como lo hizo el Dios hecho Hombre de los Cristianos” (Manuel Vincent)… Yo me tomo la libertad de decir lo mismo, si ustedes, que aún me leen, así me lo permiten. Y si no les gusta, pues me mandan recado y me borran de su listado. Al fin y al cabo, tampoco le queda tanto hilo al carrete… Me voy sintiendo cansado, agotado y agostado, relativizado; sin nada nuevo que contar que no sea repetirme siempre en lo mismo. Quizá tenga que parar durante el tiempo que me permita el tiempo que me queda , no lo sé…
Tengo el vicio de sumergirme en la Historia, y en las historias que hacen a esa misma Historia. Y no veo, ni leo, nada nuevo. Todas son las mismas causas que producen los mismos efectos. Una y otra vez. Repetimos los mismos errores y los mismos horrores, y me pregunto si seremos capaces de conseguir algo que sea auténticamente nuevo y no contaminado, que origine, como consecuencia, alguna razón para la esperanza. De momento, soy más realista que optimista, y eso me lleva a parecer pesimista… Muy a pesar mío, que conste.
MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com
