
Nuestra representación mental del tiempo es lineal… Gráficamente, nos representamos el futuro de cara, el presente a nuestro más inmediato alrededor, y el pasado a nuestra espalda. Sin embargo, eso es engañoso. Imaginemos andando por una calle recta, larga, en una dirección concreta. Aquello que dejamos a nuestra espalda lo vemos como pasado, y lo que vemos ante nuestros ojos, lo consideramos como nuestro inmediato futuro. Es así como lo idealizamos. Sin embargo, si nos giramos 180 grados tendríamos el pasado enfrente, y el futuro a nuestras espaldas… Supongamos que tuviéramos la memoria de un pez: careceríamos de pasado y futuro, tan solo existiría nuestro presente.
Hagamos otro ejercicio de imaginación posicional y veámonos a nosotros mismos desde un punto cenital de mayor altura… Entonces, tanto nuestro pasado como nuestro presente y futuro, al ampliar nuestra perspectiva, lo veríamos todo en un mismo plano; y a mayor altitud, más de eso mismo captaríamos en proporción a lo que subamos. De ahí la relatividad de ese tiempo, tan relacionado con el espacio, del que nos ilustró Albert Einstein.
Pero es que existe otra “anomalía” en la relación de ese espacio/tiempo, que todavía pone más en duda su existencia… digamos que absoluta; y es que, una vez ya puestos a pensar, fíjense que, si cogiéramos nuestro mismo planeta como referencia, si partimos de un punto determinado en línea recta (futuro), llegaríamos al mismo punto del que salimos (pasado), una vez transcurrido el tiempo usado en recorrer esa distancia. Luego ese tiempo, que según el maestro Einstein, también se curva – no existe según nosotros lo captamos. En realidad, y en términos absolutos, el tiempo no existe… O, para ser aún más concretos, tan solo se percibe en la concentración de materia, no en el mundo de la energía. De hecho, es la densidad de la materia la que hace que se curve el flujo de la energía, “por la que medimos nuestro tiempo”.
Más o menos, naturalmente… Tan solo desde estos pre-supuestos podemos intentar un muy, muy leve acercamiento a la naturaleza de lo divino, que tampoco siquiera a la de Dios, que es, sencillamente, inimaginable. Por eso, es lógico en este punto pensar que Dios no está sujeto al tiempo; y a una entidad atemporal no le es necesario ningún pasado ni ningún futuro como referencia alguna… Si acaso, es una manera muy pobre de expresarlo con palabras: existe en un eterno presente omniabarcante y omnisapiente… Tan solo la doctrina gnóstica, de forma lejana y maneras muy aproximadas, puede acercarse apenas que muy levemente. En esas enseñanzas se muestra un sentido holístico del universo que, ni de cerca, asoma en ninguno de los Evangelios promovidos por ninguna Iglesia conocida… Si acaso, y apenas rozándolo, lo que se conoce como “religiones sin iglesias”, que son filosofías libres y no sujetas a dogma ni curia alguna que les ponga bridas al librepensamiento.
Otro ejemplo de la “adimensionalidad” que quiero acercar a ustedes, la tenemos en los libros en sí mismos… Para todos y cada uno de los lectores, la historia que se cuenta en un libro también nos es lineal. Tiene un principio, un desarrollo, y un final. Conforme vamos avanzando en su lectura, el principio se va convirtiendo en pasado; y el final lo vamos vislumbrando como un próximo futuro. El paso de un lado a otro va siendo nuestro presente… Sin embargo, para el autor de la obra, que tiene una visión panorámica de todo el relato, en el mismo no existe pasado ni futuro, pues todo forma un solo y único presente.
Si trasladan al autor del libro a los coautores de galaxias y universos, tendrán una visión directamente proporcional a un Olimpo de dioses; y si se hace desde una dimensión cósmica, podrán acercarse, si bien que muy levemente, a una ligerísima idea de un Dios absoluto y único… Al final, si lo piensan bien pensado, todo es cuestión de perspectiva. Tanto en espacio como en tiempo… La visión de un átomo es ínfima con respecto a la de una célula; y la de ésta no es comparativa a la de un órgano, o un tejido, por aplicar la escala menor antes que la mayor. Sin embargo, todo es lo mismo, y tanto es así, que tampoco existen límites para ese todo… Al menos, imaginables, y mucho menos aún, cuantificables.
Yo hago otro paralelismo más, si ustedes me lo permiten, claro: comparo la matemática con la geometría. Para mí es como la energía y la materia, donde la segunda es el orden que previene (y proviene de) la primera, pero, sin embargo, mientras la primera no tiene límites en sí misma, la segunda, la segunda, sí que los tiene constreñidos en sus propias formas… Y ese es el principio que funciona en toda la Creación, tanto esté contada desde la llamada como Historia Sagrada, como desde la Física y la Termodinámica. De hecho, a decir verdad, he aprendido más de la Religión con Einstein que con el catecismo Ripalda. La diferencia está en que, mientras la ciencia enseña, la religión dogmatiza… y jamás, nunca, ha sido igual ilustrar que obligar.
Pero todo reside en el conocimiento; en la Gnósis de los antiguos; en que, en cada extremo de cuatro mil años en la distancia, diga lo mismo el Hermes Trimegisto del antiguo Egipto que los más modernos tratados de Física Quántica… Otra demostración más de que no existe el tiempo y la distancia en ese conocimiento; tan solo existe el tal conocimiento en sí mismo; se encuentre cómo, dónde y cuándo se encuentre. Siempre fueron, son y serán, las mismas verdades universales… y no digo “de todos los tiempos”, porque sería faltar a la verdad absoluta, ya que, según el tío Albert, tan solo existe un único tiempo, y que lo del pasado y el futuro no es otra cosa que la película con la que nos lo montamos… Así que, ustedes mismos, sírvanse hasta donde puedan digerirlo… aún quedan muchos platos del Menú.
Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
