Para HEY!

Al principio todo era Caos, vórtices de energía pura girando sobre sí mismos, sin aparente orden ni concierto; un vendaval de fuerzas nacidas de un Abismo impenetrable del que todo se desconoce; una tempestad huracanada de energías en movimiento venidas del más absoluto Vacío; una quietud inconmensurable que genera una inexplicable actividad; aparentemente nada se mueve en el Todo, pero todo se mueve en la Nada.
Y ese pavoroso movimiento energético comienza a producir una especie de condensación… Girando las fuerzas sobre sí mismas, alrededor de un hipotético eje, a velocidades inmedibles, como arrollándose en sí mismas y entre sí mismas, se van condensando hasta compactarse en un punto… Y nace la materia. Esa energía se ha hecho masa sólida, visible, medible y mensurable. Y comienza a surgir todo un cosmos en el que se extiende una infinitud de grados distintos de condensaciones a diferentes vibraciones, y distintas cuerdas y grados, que son incontables.
Y de esa diferenciación nacen las formas y los tamaños, y la multitud de elementos que conforman y confirman los universos; universos que dan forma a las galaxias; galaxias que dan a luz a los sistemas solares; soles de los que nacen planetas y satélites, y todas las estrellas de todos los cielos… Y así, la materia nacida de una energía surgida de la Nada sigue multiplicándose en un espacio que parece no tener fin. El propósito de todo este aparatoso escenario en este punto aún no parece vislumbrarse.
Sin embargo, en los últimos elementos materiales que han tomado forma, o estado, los planetas, viene a sumarse a una especie variable, o efecto diferencial; una latente chispa de vida… No quiero que crean que estoy negando la vida en todo lo demás anterior, no. Hablo de una simple, elemental y minúscula bacteria con autonomía propia; un algo que se mueve animado por un algo. Quizá la clave esté en eso mismo, en ser “animado”; es el ánima de la que hablaban los antiguos filósofos griegos (ánima igual a vida), o lo que viene a ser lo mismo: vida animada, no estática. Nació de la condensación más sutil de la materia, la líquida, el agua, y pronto se asociaron entre ellas para que formas de vidas más complejas: hongos, musgos, algas, líquenes, plantas, vegetales… hasta saltar a la forma animal celentérea, peces, anfibios, que conquistan la “bio” no acuática saliendo de su medio de nacimiento a la superficie exterior, divididiéndose a su vez en mil formas vertebradas (no olviden que animal viene de animado, que a su vez nace de ánima).
Y en uno de esos ya últimos animales provistos de ánima, anidó la Conciencia… La conciencia es una suerte de inteligencia que viene a dotarlo del conocimiento de su alrededor y del reconocimiento de sí mismo. Un animal con entidad propia, con autoconsciencia; una especie de “sapiens”, esto es, sabedora de su propia individualidad… en principio, de grupo, y luego de egoicidad, o sea, del yo mismo, de ser el que se es. Una, llamémosle “sutileza” que, en modo alguno, se había dado en todo el despliegue anterior de manifestaciones. Pareciera que ese desparrame previo se hubiera establecido con un punto de mira concreto y discreto, dado lo minúsculo y minusvalía del ser: la aparición del Ser Humano. Una mezcla de energía condensada en masa, materia grosera, y una, ¿la misma?, energía sublimizada y consciente: natura, he aquí al Hombre.
Estas son las grandes líneas maestras, prescindiendo de otros concretos detalles intermedios en determinadas etapas; un panorama general de la cosa del caso; un somero vistazo… Pero estrictamente ajustado a la visión científica de los hechos. La interpretación religiosa, adaptada a los eones (“días”) de la llamada Creación, según los escritos del Génesis, no deja de tener un mayor o menor, más o menos acusado, paralelismo, y eso habrá que reconocerlo… En el punto del relato (que yo considero incluso anterior a toda manifestación) que crean ustedes, puede situar al famoso y conocido por el Big-Bang de Stephen Hawkings.
La cuestión que yo quiero intercalar, si es que no está suficientemente supuesto en el relato, es que todo ese aparataje, todo ese magnífico sucedido, toda esa fantástica ocurrencia, tuvo que originarse, acompañarse, tutelarse, a través, o por, un Algo o Álguien… Todo lo existente precisa de una Causa; toda causa precisa de una autoría (física quántica) y toda autoría precisa de una voluntad. Y aquí se cierra el bucle, pues toda voluntad precisa de un autor.
Ahora, los que hayan tenido la santa barra de seguirme hasta aquí, pónganle nombre a ese autor… Yo lo llamo Logos, pero eso es lo de menos. Aquí, cada cual según su credo, así lo bautiza; y según sus intereses en el reparto de beneficios por la puesta y venta de la historia, así le pone precio. Pero no es lo que a mí me interesa realmente. Lo que un servidor se pregunta es un par de cosas: primera, poner en acción esa voluntad es por un, o con un, objetivo específico, pues nada se hace por nada, ni nada ocurre porque sí; y la segunda, el papel que todos, nosotros, ustedes, yo mismo, estamos jugando en todo esto.
Me queda claro que todo cuanto existe y conocemos no es más que una especie de “emanación” de una fuente original (dicho así espero no ofender ni a tirios ni a troyanos), pero lo que me gustaría saber es el fin del tal propósito, el por qué, el motivo, ya saben… En este punto, las religiones solo cuentan el cuento que a ellas interesa; y la ciencia solo cuenta lo que sabe y un poco, muy poco, de lo que supone. La explicación de los primeros de que todo es por y para nuestra “salvación” no me cuela, pues eso es como fabricarse un muñeco para luego salvarlo o que pague el pato. Y hacer de Dios un demiurgo caprichoso todavía me encaja mucho menos, así que…
Examinémoslo desde otro ángulo. Desde la conocida por la Teoría del Todo, que, por cierto, cada vez es menos teoría y más realidad científica: lo múltiple contiene al Uno a la vez y al mismo tiempo que el Uno, el Logos, Dios, o lo que fuere, es el continente… ergo eso quiere decir que nosotros, con todo lo demás, formamos parte intrínseca, que no extrínseca, de Él; así que, al ser parte Suya, de alguna forma, también somos Él… De acuerdo. Entonces, si somos Él sin tener conciencia de Él, es que, en nuestra autoconciencia, por alguna razón, hemos perdido el GPS. Solo tenemos conciencia de nosotros mismos, y gracias, pero eso es solo que la mitad del pack. Ende, si queremos saber más del asunto que nos trae aquí, habremos de recordar el camino andado hasta aquí… Y desde este aquí no puedo decirles nada más, lo siento.
“La Ciencia sin Religión está coja. La Religión sin la Ciencia está ciega”. (Albert Einstein).
MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
