

Estoy escribiendo esta colaboración que usted está leyendo cuando Dios y la Redacción quieran, el día de la 250 celebración de la fundación de los EE.UU. of América. El decir – como se le conoce – “el Día de la Independencia Americana” es más falso que los caballos de cartón… Y lo es por el simple hecho de que los auténticos americanos nativos, la genuina America, dejó de ser libre e independiente desde su primera colonización en el siglo XV. Luego llegaron ingleses, irlandeses, franceses y gentes de toda calaña y condición, que exterminaron a los americanos de pura cepa. Esa es la verdad, y lo demás puro atrezzo. Ya saben aquello de “cualquier parecido con la realidad…”, etc., etc.
Pero bueno, en fin, vale, seguimos… Luego se juntaron los Padres Fundadores de la gran nación americana, dignas personas de diferentes leches y distintas raleas, y dieron nacimiento a la archisuperfamosa de su Constitución (todo esto lo sabrán por la Historia, o por las películas adorníferas de Hollywood). Pero lo que no saben (maestrico, esto no viene en mi librico) es que uno de aquellos gloriosos fundadores era un español de casta. Bernardo de Gálvez, un militar castellano que luchó junto a los colonos contra la ocupación inglesa del “Dios salve a la reina”… Lo digo para que lo sepan, si quieren saberlo.
Pero a lo que vamos… En el segundo párrafo de aquella Carta Magna que se firmó en 1776 (casi tres siglos después que ellos colonizaran a los colonos originales, los indios), y que es el más conocido por lo universal de su contenido, su mensaje y su significado, reza así: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad, y la busca de la felicidad”. Palabras bellas y hermosas, que, por cierto, casi nunca han respetado en casa ajena, dicho sea de paso.
Y volviendo al aquí y al ahora, para regresar a nuestra actualidad y no salirnos del tiesto, tenemos al actual presidente, Trump, que ha convertido a su país en tierra de campos de concentración para inmigrantes y nacidos americanos hasta la segunda generación; misógino y racista hasta la arcada; matón de barrio ignorante, burdo y prepotente; amoral y sin principios éticos, que se está enriqueciendo , él y su familia, incluso sangrientamente; y está entregando el poder del mundo con todo descaro a oligarquías financieras y tecnológicas… Ese es el tipo y modelo que tiene en vilo a este desgraciado planeta que le baila el agua como puede. Con el acolitismo baboso de todo nazismo de nuevo cuño que está naciendo en las macetas de todos los países.
Yo me pregunto, otorgándole el beneficio de la duda, si ese individuo ha leído y/o entiende ese sólo párrafo de esa sacra Constitución, ante la que se genuflexa, al igual que docenas de millones de americanos iletrados y de mente obtusa que lo votan y apoyan… Sinceramente, yo creo que no. Ni por los forros de sus sucias conciencias. En absoluto. A mí me gustaría preguntarles qué entiende por “todos los hombres somos iguales”; o qué piensan de que “todos tenemos derechos inalienables”; o cómo traducen lo de “la vida, la libertad y la busca de la felicidad”… Por supuesto, ya sé que esos derechos son suyos en propiedad, para ellos solos y sus amiguetes, y no para el resto de los demás seres humanos. Ellos deben ser adorados como dioses, y nosotros debemos postrarnos ante sus cruentos caprichos de guerras, violencias y apropiaciones. Si se fijan como debieran, verán que es igualmente exacto al dios Jehová de su hermanamigo Netanyahu.
De momento, y a su mayor gloria, Trump ha secuestrado para sí mismo tan memorable acontecimiento, y, pasándose esa Constitución y a todos sus Padres Fundadores por su apestoso arco del triunfo, está montando, con el cutrerío soez que le caracteriza, todo un Circus Máximus a su propia imagen y semejanza. No me extrañaría que tal orate intentara el remedo de hacerse proclamar César Imperator, ya de paso, y aprovechando que Thomas Jefferson no se va a levantar de su tumba por el sacrilegio de un maleducado, por grande que éste se crea.
Lo que aún no sabemos – misterios de la cripta – es la trama diabólica… sí, diabólica digo, en que se está enredando al mundo entero; si lo de la presidencia de Trump es tan solo que un paréntesis, y que, tarde o temprano, volverán las democracias a sus cauces, por lo que merece la pena seguir luchando (sería lo menos malo), o se impondrá la lógica imperial, donde toda política de Estado esté subordinada al arbitrio del Nerón que toque. Trump apunta a esa dirección: la de destruir cualquier tipo de oposición que pueda frenar su enfermiza y desmesurada ambición de tenernos a todos bajo sus botas prusianas (no olvidemos que es nieto de alemán, inmigrante por cierto).
Lo que pasa es que tiene (y empieza a padecer) unos contrapesos que tampoco para nosotros, el resto de los mortales, son ángeles del cielo – más bien del infierno – como Putin, Xi Jimping, Narenda Modi, el propio Netanyahu… que llevan un tiempo tirando del mantel y le disputan las fichas. El israelí, por ejemplo, ya se le ha subido a las barbas y va por libre. Yo no sé si esto es bueno, o es malo, pues dicen que los enemigos de mi enemigo son mis amigos, pero eso no es del todo cierto. Salir de un tirano para caer en otro tampoco es la solución.
Y lo tristemente , es que Europa cada vez cuenta menos en este gran Baile de Graduación (imagínense ustedes cada país por lo suyo, como quieren algunos)… La Carta americana de su Constitución, en sus dos siglos y medio de aniversario, está más vigente y es más urgente que nunca. En la Historia, Europa fue aliada de EE.UU en esos mismos ideales y anduvieron los mismos caminos… Pero paréceme que, a uno y otro lado del charco, hemos dejado de saber leer. Así que sálvese quien pueda…
MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com
