EL ODIO

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Hace mucho tiempo, recién aterrizado en el Juzgado de Paz de mi pueblo, lo primero que aprendí es que las leyes, las españolas al menos, permitían la falsificación de documentos (los DNI falsos circulaban como las moscas en vertedero) por ejemplo… En aquella lejana época, el concejal de interior estaba alarmado por lo que se estaba dando en la identidad de los “sin papeles”, cuando todos sabíamos cómo, dónde y cuándo se producía ese dotarse de documentación. Así que nos dirigimos a Fiscalía en busca de alumbramiento. El hecho en sí de falsificar ese documento, no es delito. El delito se produce  en el preciso momento en que se quiere hacer pasar por auténtico… Sé que es de Perogrullo, pero así eran – y siguen siendo – las leyes. Por lo menos, como entonces les dije, la única solución es ir pidiendo “los papeles” a la menor ocasión, y así “provocar” el delito al presentar los falsos. Necesidad obliga.

Y me he acordado de aquello por los de hoy tan conocidos, y tristemente reales “Delitos de Odio”… En puridad, el hecho de odiar en sí mismo no tiene castigo, aunque así se nos quisiera dar a entender. Se convierte en delito cuando se exterioriza en hechos concretos. Se castigan – y tampoco siempre –  las consecuencias del odio, no el odio como sentimiento… Está perseguido hacer antología del odio, aún relativamente, o actos violentos motivados por ese odio, sean directos o indirectos, porque incluso hay quién opina que reprimir la simple manifestación pública del mismo, es obrar contra la libertad de opinión personal. Y ya tenemos el lío armado. Aquí hay una buena veta para cambiar impresiones, dentro de un respetuoso diálogo, por supuesto.

De hecho, el odio ya es una actitud negativa que implica a la propia salud (moral, espiritual y hasta física) de las personas que lo albergan. Y así lo aseguran los profesionales de todas estas ramas: el que odia, paga en su cuerpo y en su propia alma, las consecuencias, dice. Y no voy yo a negarlo a estas alturas, pues, si no lo fuera, así debería de serlo… Tendríamos pues una justicia inferior, la humana, que castigaría los efectos; y una justicia superior, digamos divina, que castigaría las causas en sí mismas y por sí mismas. A mí me vale, pero tengo mis dudas en si hay que respetar mi libertad de expresión si opino públicamente que debemos “quitar de en medio” a los que odio por razón de raza, religión, política o equipo de fútbol, o por cualquier otra motivación.  Por ejemplo.

Toda una grada, todo un estadio, todo un pueblo o comunidad puede verse arrastrado al linchamiento social, aún de palabra, por cualquier cosa, o caso, o acontecimiento, que así se provoque. Lo estamos viendo todos los días en todas partes. Y no se puede trincar a todo un campo de fútbol lleno de personas convertidas en gente, o en gentuza… En estos casos es cuando se demuestra que el odio se expande porque todos somos adictos al mismo, en mayor o menor grado… En una sociedad culta, educada y formada, daría lo mismo que una docena de agentes propagadores del odio vertieran su veneno. Simplemente se les ignoraría y aislaría, o se les señalaría, como uno de los peores cánceres para cualquier sociedad civilizada.

El problema reside en que esa no es la realidad de nuestro hoy… La actualidad son sociedades polarizadas y mediatizadas, en que se odia, quizá más que nunca se ha odiado… Las redes sociales mismas, que deberían ser una herramienta positiva, se han convertido en un arma formidable para los odiadores, y la humanidad se enfrenta, atónita, a que somos peores seres humanos de lo que creíamos ser, pues no hemos erradicado, con toda nuestra Historia a cuestas, las raíces del odio que todos y cada uno de nosotros llevamos, más o menos dormidas, en nuestro interior… Y el odio, nunca, jamás, nos ha hará libres, si no esclavos de su propia naturaleza.

Y estamos en ello… El odio ya está instalado en las propias naciones y gobiernos. En los propios estados y en sus principales dirigentes… El otro día murió de un cáncer un Fiscal americano que había llevado una causa contra el presidente. Trump, ante todos los medios de difusión, soltó “Me alegro de su muerte. Era una mala persona”… Miley escupe su odio a través de la motosierra sin la menor cordura… Netanyahu es desbordado por su odio sin contención alguna… Putin no se oculta de decir que acabará con todo lo que se le oponga… Orban, que admite ser espía soviético en Europa, se ofrece procazmente en sus mítines electorales a Putin “para todo aquello que gustes mandarme. Dime lo que haya que hacer, y lo haré”… Y todos destilan veneno por sus colmillos. Pero Europa no hace nada por neutralizar el odio; simplemente aislándolo en cuarentena, expulsando a Hungría de la UE cautelarmente; o contestándole a Trump que no hace falta que se salga de la Otan, porque se marcha Europa entera de ella, y que le aproveche…

Y si es en nuestro país, personajes irracionales como Ayuso, por ejemplo y entre otros muchos, destilan su odio cada vez que abren la boca, y envenena toda convivencia pacífica… Es su derecho, dicen, pero a la vez niega ese mismo derecho a los que piensan lo contrario al dirigismo de su propio odio. El odio es una categoría confusa y difusa que sirve casi para cualquier opinión que no sea la nuestra… La asimetría y sus trampas son tan obvias en el caso de manejar esto del odio, que, los que lo incorporan a su discurso, y son cada vez más, ya lo hacen alegando que ellos son los odiados y tienen todo el derecho del mundo a defenderse libremente. Esto es: los verdugos convierten a sus víctimas en verdugos, y ellos se disfrazan de víctimas, y hasta de mártires, tal es su sibilina perversión.

Sea como fuere, la cosa y el caso es que el mundo entero se debate entre odios, y está paralizado por los mismos… El ciudadano de a pie, toma – tomamos – la dosis que necesitamos del éter político del que mamamos, y lo utilizamos contra nosotros mismos, según nuestra más que dudosa conveniencia… Fué Spinoza, creo, quién dijo aquello de que “en un Estado libre está permitido que cada uno piense lo que quiere y diga lo que piensa”. Y eso es de una impecabilidad cuasi absoluta. Pero está condicionado a sus cuatro primeras palabras: “en un estado libre”… Porque un estado sujeto a discursos demagógicos de odios mutuos, no es un estado libre, sino todo lo contrario, un estado esclavo de sus propios enemigos… Y como otro estadista también dejó bien dicho: “al enemigo, ni agua”… Pues eso mismo es lo que yo quiero decirles con esta tabarra de hoy: que al odio, ni agua.

MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ // www.escriburgo.com // miguel@galindofi.com

Escriburgo

Durante 30 años fue vicepresidente de C.O.E.C.; durante 20 años Juez de paz; durante 15, Director de Caritas... Es autor de cinco libros. - Ha fundado varias ONG's, y actualmente es diplomado en RSC para empresas; patrón de la Fundación Entorno Slow, y Mediador Profesional.