

Julián Marías decía que “escribir es una manera de pensar”… Y, la verdad, es que no andaba muy descaminado. Yo mismo, que tengo el vicio de escribir un algo cada día, me doy cuenta que sí, que llevaba razón. No se puede escribir nada sin antes pensarlo; y muchas, pero muchas veces, lo que piensas, o es que lo has leído, o está escrito por alguien en algún lado… En él, que confesaba de sí mismo que solía escribir compulsivamente, me imagino que escribir y pensar, indefectiblemente es lo mismo. Pero me es fácil de entender que esto que yo escribo en este mismo momento es porque pienso también de esa forma.
Lo contrario sería mentirse a uno mismo. Escribir algo que no se siente, o sobre lo que uno no cree, me dicen, no deja de ser también un pensamiento… Bueno, yo lo veo como el negativo de un pensamiento, como un agujero negro en el pensamiento. Hasta cuando se escribe una ficción, se está sacando del clisé de un pensamiento, y cada pensamiento es la posibilidad de una realidad; es algo que nunca deberíamos de perder de vista.
La lectura, al igual que la escritura, podría ser justamente eso mismo: un proceso que vive sobre la marcha; como la consecuencia de una causa; algo que, sin llegar a suceder previamente (no tiene por qué) se vive de forma intransferible al llevarlo a la práctica, pues la singularidad de lo que se experimenta no puede ser revivido por otros ajenos de igual manera ni con las mismas sensaciones… Por ejemplo, el pensamiento de Marías me desencadena una serie de otros pensamientos que traslado aquí, a otra escritura que es “mi” escritura, los cuales suscitan otra cadena distinta de pensamientos ajenos, relacionados, o no, con los que dieron origen a la serie… A veces no importa el contenido, sino el proceso.
Por eso, un servidor, si se me permite, voy un pasico más allá que la reflexión de J. Marías… Él habla de que “escribir es una manera de pensar”, sí, vale, de acuerdo, pero ¿qué finalidad tiene el escribir si no es para que otros lo lean?.. Para mí es como una tríada a la que le hace falta la pata del leer. Es lo que pasa (en sentido contrario) a las distintas y diferentes campañas que los estamentos funcionariales culturales diseñan para el fomento de esa misma lectura: que apenas dan resultado… Paren y desgañitan eslóganes, a cuál más o menos ingenioso, y ninguno coronado con un mediano éxito, pues las cifras de lectura de libros apenas se mueven de sus parámetros. Siguen estando planas.
Y eso debe tener alguna causa que se nos pasa por alto. Tal vez, no sé, está en que nadie puede tener una experiencia de lectura idéntica al que escribe el eslógan de esa campaña… La cuestión reside, quizá, en inculcar la necesidad en la naturaleza, pues de ahí deriva el deseo; lo que pasa es que se nos ha olvidado cómo se hace… La serpiente del Árbol bíblico del Conocimiento, le siseó a la genesíaca pareja a través de la mujer – que comparte género con la sabiduría – aquello de “seréis como dioses…”. El problema es que hoy la humanidad ha pasado de ser zoomorfa a ser amorfa. Ya no tenemos ánsia de adquirir conocimiento ninguno, sino de que se nos llenen nuestros estómagos de manzanas y nuestras entendederas de mazapanes, y como panes y circos los flanes. Es cuánto necesitamos, porque es lo único que deseamos.
Yo no tengo la solución… Quizá si en cada libro comprado se incluyera un boleto de la Primitiva, como premio para el que le sacara el gajo al tema. Algo tangible, concreto y cuantificable. Y mamable… Pero lo ignoro. A un cuerpo se le puede despertar, gritándole, sacudiéndole, pero a un cerebro, no. Lo intelectual anda caminos incognoscibles para la actual mente humana. “Si no se tiene sed, nadie pelea por el botijo”, decía mi amigo Antonio. Cierto. La cosa está en que nos han educado a no tener sed de conocimiento, y nos va cómodamente bien, como a los ladrillos. Así que, de retruque, el impulso de nuestros nefastos sistemas educativos, está haciendo que el péndulo empiece a oscilar en sentido contrario.
Si escribir – o leer – es una forma de pensar, el lograr que no se lea (y, por lo tanto, no se escriba) es una fórmula para no pensar… El riesgo es que los que no saben pensar por sí mismos, son pensados por otros. Ineludiblemente. Y entonces se cierra el círculo. Me viene a la cabeza un relato sacado de un libro sudamericano del año en que yo nací, de un tal Filiberto Hernández, “Nadie encendía las lámparas”, en que el narrador en primera persona, dice ser abordado en el Metro bonaerense por una persona que, sorpresivamente, le aplica una inyección a la que llama “Publicidad Viva”, y el autor empieza a oír y sentir en su cabeza una transmisión intro-radiofónica de la empresa “Muebles el Canario”…
Aquella antigua lectura, que entonces podía clasificarse de ciencia-ficción, ya no lo es… No se inyecta vía venosa, sino vía cerebral; a través de los medios, de la publicidad conocida por subliminal, con que se nos machaca, incluso sufragada con dinero público, a diario y sin paliativos… Por ejemplo: “Estos días azules y este sol de la infancia”, el último destilado de la pluma de Antonio Machado,, y que tanto eco puede arrancar en todos y cada uno de muchos de nosotros, a la gran, inmensa, mayoría de los actuales, desgraciadamente, les suena como a la propaganda de Muebles el Canario. Y el problema, es que esa “publicidad” está inyectada en nosotros desde varias generaciones acá.
Recuerdo que hace varios lustros, un alguien de la cultura municipaloide, me encargó que ideara alguna fórmula para hacer espabilar la lecturaescritura en las aulas escolares y del instituto. Me puse a ello, diseñando una estrategia que no funcionó, claro… No quiero usarlo como excusa de nada, sino como ejemplo de todo: ni siquiera los maestros ni profesores se sintieron movidos a apoyar y colaborar en esa iniciativa… ni ninguna otra. No se puede transmitir lo que no se ha recibido. Se puede simular el intento que justifica la nómina, dicho sea ya de paso, pero nada más que eso… Lo que sirve de algo no es lo que se mueve desde fuera, sino lo que se mueve desde dentro. Por eso mismo es que las estrategias oficiales subvencionadas no dan con la tecla. Como decía el Cristo: “los muertos ya solo pueden enterrar a sus muertos”. La cuestión es a ver si queda algún Lázaro por ahí al que resucitar… ¿Me entienden Vds.?
Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
