

“Si alguna vez ganamos el poder los que tanto temes, no vas a tener sitio donde esconderte”… Yo suelo recibir comentarios por lo que escribo cada día en mis espacios. Es normal, entonces, que me vengan de todos los colores. Pero éste que les expongo aquí hoy se lleva el Cum Laude de la tolerancia y el respeto a las ideas. Es liberal, aperturista y de amplias miras donde los haya. Y de una confianza total en la sociedad que formamos. Es sencillamente acogedor y comprensivo. Y tengo que decirlo aquí, públicamente, claro… Por supuesto, viene anónimamente en un “bot” de esos, o como se llame el engendro, pero algún alguien ha tenido que tomarse la molestia de escribirlo, digo yo…
Ataques maleducados e insultantes con la intención de ofender (se queda en la intención, pues no me ofendo fácilmente), ha recibido unos cuántos-algunos, pero que conlleven amenazas, la verdad es que no muchos, dado lo que discurre por esas redes que carga Dios o el Diablo. Éste es el último de ellos, tan abrumadoramente cariñoso… Podríamos remedar aquel exabrupto atribuido a Bush de “¡es la economía, estúpido!”, reconvertido en “¡son las redes, tontolhaba!”… Y sí, cierto, son las redes, pero hay algo más que esas mismas redes.
Al fín y al cabo, las redes son como las calles. Neutras e inócuas. Un medio por el que pasar y/o pasear. Una herramienta para llegar o encontrarse. Un lugar por el que transitar… No son ellas, sino la clase de gente que las llena. Las calles no tienen la culpa de sus peatones, y las redes tampoco de sus usuarios. Por eso que no culpo al medio, si no a los que las malutilizan. Dice Pérez Reverte que él no las usa precisamente por eso mismo, por el cretinismo imperante en ellas, y hace bien, pero, claro, él no las necesita para nada, y puede permitirse el lujo de pisar alfombras y prescindir de esas calles llenas de m…
Sin embargo, yo las necesito para llevar a los buzones de los que me siguen mis ocurrencias y escriturencias. Y no puedo evitar cruzarme con todos estos exaltados que se creen en el derecho de lanzar amenazas a los que ellos – o los que están detrás de ellos – señalan como enemigo público por el único hecho de ejercer el librepensamiento. Ese es el precio del billete que pago por expresarme en libertad. Soy consciente de ello, y solo espero que los demás sean consecuentes con ello. Nada más.
La cuestión, ya digo, no reside en los medios, sino en la educación (pésima) imperante hoy en día. En unos sistemas formativos, sí, pero claramente deseducativos, que vomitan a esas calles, o redes, a sujetos que son incapaces de pensar por sí mismos, y que son como cráneos vacíos dispuestos a que se los llene de cualquier basura fanática, convirtiéndolos en sicarios de cualquier burricie… Y eso es algo que las siglas extremas y los salvamundos iluminados saben utilizar a la perfección llenándoles sus cerebros con ideologías pasadas, aberrantes y peligrosas por no aprendidas.
Son los que vinieron a Torre-Pacheco, a hacer la cruzada de la violencia, de la mano de un partido ultramontano, como es Vox; son los que se mezclan en las manifestaciones pacíficas para romper escaparates, quemar coches y destrozar mobiliario urbano; son los mismos estúpidos tapados de cara y de conciencia que se contratan para alterar cualquier orden… Son los infiltrados, no de una contracultura, sino de una infracultura. Y son, en definitiva, no lo olvidemos, unas subexistencias que hemos creado nosotros mismos desde y de entre nosotros mismos.
Y convendría empezar a pensar cómo, por qué, y de qué forma y manera ha sobrevenido este fenómeno… Lo cierto y verdad es que yo tampoco los culpo a ellos, sino al creador de este Franzquenstein. O a los creadores, que, a lo mejor, o a lo peor, somos todos un poco para que algunos interesados aporten un mucho. Confieso que no lo sé. Pero en algunos nidos políticos de los países los están utilizando, y en algunos gobiernos del mundo los están fomentando, en vez de hacer lo contrario, como conviene a toda sociedad sana y civilizada. Son los nuevos camisas pardas del viejo nacismo.
Pero no… Es un fenómeno más con el que tenemos que convivir y aprender a sobrevivir. Y resulta muy, pero que muy sospechoso, que esos tales gobiernos, que se dicen a sí mismos democráticos, los oculten, disculpen, y casi que los justifiquen demagógicamente. Yo pienso que el substrato de todo esto reside en un poso de ignorancia y desigualdad que se retroalimenta en sí mismo y por sí mismo… Y que se ha creado para eso mismo, precisamente: como fondo de reclutamiento de agitadores con cabezas planas y bolsillos vacíos. Ahí están para que cualquier organización o fuerza los use. Tan solo necesitan unas cuántas consignas y unos cuántos billetes. ¿Dice usted que no..?
Pues vale, puede ser, pero suponen una fuerza bruta barata, eficaz y sustituible, y no me creo, ni loco de anís del mono, que ningún Estado sea incapaz de controlarlo y erradicarlo, pero sí de crearlo y utilizarlo… Y, por favor, no me vengan con cuentos chinos, que los de Calleja que me venían en el chocolate de garrofa eran mucho mejores.
No obstante, lo que yo crea o deje de creer, no va mucho más allá de unos cuántos pocos, y tampoco me convierte en diana preferencial de ningún animal… Pero sí que soy consciente del mal ejemplo que los políticos y ciudadanos estamos dando a esta gente. Nos hemos visto arroparlos y mimarlos en Torre-Pacheco, no abuchearlos – yo lo he visto – y nos hemos servido de ellos como cualquier político sin ética, ni educación, ni principios. Así que…
Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
