TIRANDO DE RECUERDOS

para MURCIAECONOMÍA

Lo que hoy tenemos – y cada vez más destenemos – es lo que se fue acumulando bregadamente entre los años 50/60, en que la gente trabajaba a destajo por lo justo y necesario. Estoy hablando de este país nuestro, que es el que conozco, claro… Pero es un principio de economía básica y elemental: para poder tener “un buen pasar” hay que saber ahorrar, que dice el dicho (salvo que caigan los catorce o toque el décimo). Para tener un buen estatus solo hay un par de caminos: o heredar o administrar; o lo levantas tú con tu esfuerzo (y/o el de otros) y sin escatimar melindres.

Lo que yo recuerdo de aquellas décadas es que el personal se dedicaba a laborar durante la semana como burros, con perdón para los jumentos, porque, a lo mejor, era simple y llanamente trabajar para comer, no sé… Las jornadas eran de diez o doce horas bien mediadas de lunes a sábados incluidos, y ello porque vivíamos en un buen nacionalcatolicismo donde, al séptimo, el Señor descansó… y si descansó Dios, no íbamos a trabajar nosotros, naturalmente. Además, al día siguiente había que ir a Misa, y no podías estar a la vez en el tajo y repicando.

Así eran las cosas, aunque hoy lo lean y no lo crean… Los sábados por la noche era cuando los barberos recuperaban la semana de golpe, pues la grey masculina tenía que afeitarse y raparse el pelamen para vestir de domingo con una apariencia de decencia, claro… sumando su tuneado a lo mejor remendado y planchado, ropa conservada y reservada, para las “fiestas de guardar”, que así se les llamaba sin saber qué se guardaba en ellas, ni de qué ni por qué, mucho menos de dónde. Por supuesto, la general creencia era que se guardaba descanso, débito cónyugi aparte.

Los que me lean hoy, si no son de anteayer (ni siquiera los de ayer) no podrán imaginar lo deprisa que pasaban los domingos de entonces. Mucho, muchísimo más, los de invierno, que eran vistos y no vistos por sus pocas horas de luz (no había entonces hora de ida y vuelta)… Así que, entre unas tardes que se echaban encima preludiando el crudo lunes de una semana de trabajos y penurias, solo cabía rumiar tristeza; si bien el sistema inventó el Fútbol, que por y para eso, podían – en realidad, debían – jugar los partidos en domingos por la tarde; y de esa manera el personal acicateaba el entretenimiento con la oreja pegada al transistor (el que lo tuviera), o acercarse al bar del barrio a oírlo, compartirlo, comentarlo y discutirlo, y pelearlo en sana o insana comandita, con un carajillo en la mano. Era lo único permitido, y con eso se acecinaba lo que restaba a la sardina del ya caduco domingo. Si se hablaba, comentaba o discutía de política, esa noche bien pudiera dormirse en cama cuartelera… y al día siguiente, encima, lunes.

Nosotros, en mi casa, el domingo era solo mediodomingo, pues dependíamos y defendíamos un servicio de prensa del que dar servicio de bien temprano hasta cumplido el medio día… Después, tras comer, nos comenzaba el verdadero asueto: precisamente cuando los otros empezaban su luto porque eran las últimas horas del suyo. Y aún era peor lo de mi siempre buen amigo Pepe, el camarero del Tapa (o así lo barruntaba yo) que trabajaba del amanecer hasta bien entrada la noche los 365 días del año. Y es que había oficios que no tenían bula. Yo ni siquiera le conocí un día enfermo en su casa, pero sí sonriendo a cada momento de cada día de toda su vida.

Naturalmente, no me malinterpreten los que me leen desde el principio. Que cuento las cosas que hicieron nuestras generaciones inmediatamente anteriores a las nuestras, no quiere decir que justifique aquello, ni muchísimo menos… Lo traigo al recuerdo para que se le respete, se le honre, y se reconozca, al menos, que si hoy vivimos mejor, es porque otros vivieron peor antes que nosotros; y se levantaron unas bases que antes no existían. Pero una cosa es que lo reconozcamos, y otra que lo tomemos como un derecho, como una exigencia… El ser humano no tiene derechos; el ser humano solo tiene lo que él mismo se gane por sí mismo, por mucho que nos joda reconocerlo.

Los que solo han conocido, porque nacieron, vivieron y fueron criados, tras los 70/80 y posteriores, o la actual actualidad, creen y están convencidos que lo humano es la semana de ¿36? Horas, y que lo que cuento es inhumano, pero no miran que aún quedan a su alrededor trabajos esclavistas, reliquias de aquel sistema que se hacía por pura necesidad de comer caliente cada día… Eso lo ignoramos y hacemos como si no nos enteramos (hay países donde los niños trabajan 14 horas diarias en explotación contínua, para nosotros vestir una jodida y puñetera prenda de ropa).

Aquello fue, entonces, una conquista social, y, como todo lo que se conquista, igual es susceptible de ser desconquistado. Tan solo hay que obrar en consecuencia para volver atrás, y pedir que todo se quede ahí. Hay sectores laborales que están peor que entonces, y no los vemos, o no queremos… Inmediatamente acudimos a calificarlo de justo o de injusto, y a santificar de Justicia Social lo que nos conviene… Pero no, tampoco llevamos razón: simplemente son leyes laborales, y no todas las leyes que existen son justas, por lo que el sinónimo de Ley igual a Justicia es falso. Todo es cuestión de lo que necesitemos o nos creemos necesitar… Son normas, claro que necesarias, para que una sociedad pueda sobrevivir dignamente, de la mejor forma viable y siendo lo más respetuosos posible (con el ambiente y con nosotros mismos). Pero solo eso; nada más que eso…

Desde que el hombre fue puesto sobre la faz de la tierra y se le otorgó su solicitado Libre Albedrío, ha tenido que buscarse su vida (que no es lo que creemos, porque así nos lo hacen creer) según sus propias decisiones bajo la ley universal de Causa y Efecto… Y eso es todo lo que hay, tanto aquí como en Paraguay… Pero no nos arroguemos Derechos que solo son un concepto, una noción, un constructo, que nos hemos fabricado a nuestra conveniencia para nuestra supervivencia y lavado de conciencia. Solo tenemos el derecho que nos ganamos. Nada más.

MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / www.escribirgo.com / miguel@galindofi.com

Escriburgo

Durante 30 años fue vicepresidente de C.O.E.C.; durante 20 años Juez de paz; durante 15, Director de Caritas... Es autor de cinco libros. - Ha fundado varias ONG's, y actualmente es diplomado en RSC para empresas; patrón de la Fundación Entorno Slow, y Mediador Profesional.

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