VEJEZ ESTÓICA

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Dice Arturo Pérez Reverte que “envejecer bien es todo un arte”, y dice bien… Añade que  “leer a los estoicos es uno de los mejores analgésicos, que son como las aspirinas:, no te quitan la causa del dolor, pero ayudan a soportarlo”… Y, en eso, coincidimos. Marco Aurelio, y Séneca, hablan mucho sobre cómo practicar el más puro estoicismo en la vejez, y, si es cierto que no lo elevan a la categoría de Arte, sí que dicen que la cuestión no es tanto envejecer como saber hacerlo. El drama se desarrolla cuando, llegada la hora, no se quiere afrontarlo con una mínima dignidad… Nuestra actualidad, por ejemplo, es un paradigma de la huida hacia adelante, donde, si no te sumas a las vías predispuestas de escape, se te señala acusándote de insumiso, cuando no de algo peor.

Si te juntas con generaciones jóvenes, no entienden que tú puedas pensar y sentir desde otro ángulo del tablero de juego; si lo haces con los de tu quinta, solo oyes el mantra “tontoelquenoviaje”; y si no te homologas con una de las etiquetas establecidas, es porque estás moralmente enfermo, y hay que apartarte para evitar el contagio… En una ocasión se me ocurrió soltar que, para mí, claro, personalmente, ningún viaje mejora a un buen libro, y casi que tuve que buscarme un abogado que defendiera mi libre opción.

Los viejos estoicos te dicen que asumas tu edad, en la que ya puedes permitirte hacer, decir y pensar lo que quieras, y que no te afecte lo que ya no está en tu mano modificar, o algo muy parecido… Pero los modernos manuales de la felicidad y del tik tok te hablan de que eres un cretino si no sigues el camino del buen rollito y la felicidad adocenada. Y como vivimos la época que vivimos, hay que apuntarse a los trayectos organizados; y que sigamos los negocios establecidos para con los de tu ¿tercera? edad… otro silogismo estúpido al que estamos enrolados casi que por decreto.

Yo tengo una edad, cierto, pero no es primera, ni tercera, ni puñetera. Es la que me toca tener, y punto Sí sé que es la última que tengo, de momento al menos, y presiento que las posibles de después pertenecerán a una nueva serie (espero mejor que la actual, por no estar aquí) pero no quiero que me organicen la vida que me queda… Pérez Reverte le da el nombre de “indiferencia selectiva”, y es en lo que me reconozco. Me he ganado el derecho a elegir lo que me de la real gana, y no lo que otros elijan por mí, o para mí. El amigo Arturo dice que él elige ser francotirador solitario con derecho a escoger la diana, y la verdad es que él se lo puede permitir, porque así también se lo permiten en buena mayoría… Yo, no tanto, pero que se intente no permitírmelo, no quiere decir que no me lo permita yo mismo, guste o no guste al resto de los demás.

Como dijo Epícteto, otro estoico de tomo y lomo, “Me reservo el derecho a equivocarme, pero es la mejor fórmula que tengo de aprender por mí mismo”… Pues, sí, señor, yo me he equivocado muchas veces en mi vida, y prefiero seguir equivocándome, solo que estando acompañado. El problema puede existir – de hecho existe – en que, cuando uno se expresa así, siempre hay otros que se sienten ofendidos, porque dicen que se sienten atacados por mí, o que los insulto… Es lo típico y lo tópico: “si opinas que esto es una idiotez, me estás llamando idiota”, ya saben lo que quiero decir. Aún no hemos aprendido que solo se puede insultar al que se cree insultado; y que un insulto no es más que una definición que se quiere entender mal.

Y, fíjense, esto es también una noción de filosofía estoica. Otra más… “Una vacuna magnífica contra el patetismo tardío”, como dice también A. Pérez Reverte, cuando se refiere al “ridículo senil” de actuar, vestir y fingir tener veinte años menos; a adoptar modas adolescentes; a emborronar falsas juventudes sobre nuestras arrugas, que no son otra cosa que las honrosas cicatrices de nuestras experiencias, la que deseamos disimular por todos los medios a nuestro alcance… ¿De qué vale haber forjado un carácter, para luego avergonzarnos del mismo, y pintarrajearlo de la incosistencia de lo banal?..

Pueden ser palabras muy duras, pero es la insolente realidad, tal cual, y resulta absurdo disimular lo que no es disimulable… Yo digo que es el humor estoico, seco pero real; no es de carcajada, sino de media sonrisa, casi un rictus… Hay que saber tomar las cosas como son, porque hay que aceptarlas; hay que asumirlas; claro que sí; pero no tenemos que justificarlas si no queremos. Esto es lo que nos cuesta tanto trabajo entender: que asumir y aceptar no es aprobar, y mucho menos, justificar. No queremos comprender que las cosas son como son, pero aún pueden ser mejores (y peores) de lo que son.

Existe una pequeña ventaja, a la que el autor que cito llama “elegancia moral”, y es la práctica del silencio… “No es por ninguna superioridad, sino por no tener que explicar lo que nadie desea saber”, dice. Pero también le digo que, aún y así, pueden sentirse ofendidos, pues captan, erróneamente, ese silencio por suficiencia, y molestarse por lo que ni siquiera a mí me parece elegancia, sino cansancio; ni siquiera educación, sino sinceridad, comodidad; para no tener que discutir lo que para nada sirve ni a nadie resulta útil.

A veces se confunde el estoicismo con el pragmatismo… Son medio parientes, pero no son lo mismo; se relacionan porque ambos buscan el equilibrio en la quietud del alma, pero el primero tiene más que ver con la ética, y el segundo con la práctica. A los estoicos como Séneca, los poderes lo mandaron suicidarse, pues sus ideas iban contra lo establecido… Y lo pragmático permite cuidar la ropa mientras uno se moja, y mandar todo lo demás a tomar por saco… A mí es que me da igual por lo que me tomen si saben respetar mi forma de ser… o mi manera de no ser.

MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com

Escriburgo

Durante 30 años fue vicepresidente de C.O.E.C.; durante 20 años Juez de paz; durante 15, Director de Caritas... Es autor de cinco libros. - Ha fundado varias ONG's, y actualmente es diplomado en RSC para empresas; patrón de la Fundación Entorno Slow, y Mediador Profesional.