PARA…


Nunca, jamás en la historia de la humanidad, ha habido semejante volumen de desplazados, o una presión migratoria tan formidable como en la actualidad. Se cuentan por millones las personas que abandonan sus países por el hambre, la guerra, la pobreza, la violencia, la persecución, el cambio climático o el desastre político… Y esto apenas ha empezado. Vivimos el comienzo de un nuevo maremoto humano que está dividiendo a los individuos de este planeta en dos facciones opuestas: o estás a favor de cerrar fronteras a cal y canto, levantar muros y que los parias de la tierra se amontonen a morir al otro lado, o pagando a gentes que los hagan desaparecer; o estás a favor de abrirte a esos demás de algún modo, buscando formas, fórmulas y maneras de compartir lo que a unos sobra y a otros falta… La segunda opción es ética y empática – aparte de práctica – y la primera es tan estúpida e inhumana como criminal y suicida…
Ahí tenemos a Trump, como mayor ejemplo, que presume de haberse librado (con los peores métodos) de dos millones y medio de inmigrantes en el pasado año… No hace mucho, en el foro económico de Davos, un periodista europeo preguntaba a un economista enviado por una de las cadenas norteamericanas: “si han echado a esos ilegales, ¿por qué no ha mejorado la economía, al revés, ha empeorado y hay más paro?”. El especialista dio tres razones principales: Primera, el extranjero desempeña trabajos que el nacional no quiere, aún siendo necesarios. Segunda: esos millones de irregulares mueve también millones de dólares, compran, venden, consumen, y todo eso se pierde de golpe. Y tercera: no trabajan solos, tienen también pequeños negocios en los que emplean a gente, mueven la economía, y dan trabajo a quién no lo tiene.
Blanco y en botella… La última bronca por la regularización de inmigrantes en España, es por intereses meramente políticos, de partido, o incluso personales, pero no es por interés del país. Somos tan ignorantes y desmemoriados que no nos acordamos de nuestra historia más reciente: Aznar regularizó a 525.000 inmigrantes (entonces la derecha no dijo ni pío); y Zapatero a 577.000 (tampoco aquí la derecha dijo nada), y en ambos casos, la economía del país salió beneficiada en todos sus indicadores… En román paladino: a más manos trabajando, más dinero circulando.
El resquemor hacia el inmigrante hunde sus raíces en un sentimiento primitivo y tribal: es el cavernícola que desconfía de los extraños a su clan, porque cree que viene a quitarle de su cueva la comida y a sus mujeres. Es algo ancestral. El rechazo porque sí a todo lo forastero y desconocido, que nos viene de fuera de nuestro círculo; y más, mucho más, si adoran a otros dioses, nos llegan con otros ídolos, otras creencias. Lo llevamos grabado en nuestro hipotálamo, inscrito en nuestro cerebro reptiliano… Y es precisamente por eso, por lo que les resulta tan fácil a los partidos ultras y populistas el agitar ese miedo arcaico que hoy no corresponde con la realidad. Naturalmente que entre ellos hay delincuentes (si bien porcentualmente menos que entre nosotros, según fuentes policiales), pero la inmensa mayoría pagan impuestos y aportan a la caja de pensiones… Matemáticamente hay más de positivo que de negativo para cualquiera que esté libre de prejuicios y quiera comprobarlo sin hacer trampas. Solo hay que atreverse a enterarse, honestamente, sin que se le empuje a envenenarse.
Porque la única forma para no engordar los extremismos, no está en los políticos de izquierdas ni de derechas (los progromos que realizó Stálin no le andan a la zaga a los que está haciendo Trump), sino en todos y cada uno de los que formamos la ciudadanía de cada país… En la formación, la información y la educación con que alimentamos nuestras conciencias. Y de todos esos elementos carecen los partidos extremistas, que nos comen el coco y nos privan de la cultura, salvo la del odio y la excluyente, claro… Y en este punto, precisamente, es donde está el gran problema, donde reside el nudo gordiano de la cuestión.
Y la cuestión no es, en modo alguno, darle un tajo con la espada, como hizo Alejandro Magno; ni en partir al bebé en dos pedazos, como recomendó Salomón sibilinamente. Así no se soluciona el problemón que nos estamos creando nosotros solicos… Hemos dejado pasar demasiado tiempo para que nuestros padres y abuelos, que fueron emigrantes en países europeos de posguerra, dieran testimonio en aulas y cenáculos. Ignoro si ellos fueron tratados como nosotros tratamos a los que hoy nos llegan, pero no me equivoco si afirmo que ayudaron a mejorar económicamente, y no poco, tanto a sus países de origen, como a los de acogida. Revisen los números, si aún se atreven a mirarlos y se conservan.
“Yo nací y me crie en una España absolutamente homogénea”, es como Rosa Montero se confiesa en uno de sus enjundiosos artículos, donde nadie venía a buscarse el pan porque éramos nosotros los que salíamos a buscarlo; y los que quedábamos aquí, recibíamos paquetes de lo que ellos podían comprarnos allí, y que nos parecían productos de otra galaxia, que jamás hubiéramos podido alcanzar ni esperar… Siento que de aquello sí que supimos aprovecharnos, pero que, trasladado al aquí y ahora, nos negamos a compartir hasta las migajas que nos sobran, aunque a otros les falten… Puede que no sea así, que esté equivocado, pero es lo que creo, porque viví aquello, y hoy es lo que veo.
En cualquier caso, el trato a los inmigrantes, hoy, es la bandera bajo la que ahora cosechan los votos las ideologías derechunas: lo que hoy tenemos lo queremos para nosotros, y no va a haber más nosotros para poder seguir teniéndolo, pues hasta nos rebajamos nuestros propios hijos. Así de ciegos, e insolidarios y egoístas nos hemos vuelto… Esas ideologías (que no son ideales) culpan de todo a una inmigración a la que no le reconoce nada. Y hablan de justicia. Y van a misa los domingos. Y los hay hasta que se confiesan cristianos, pero no quieren saber lo que Cristo opina al respecto… Es que esa es otra, amigo mío.
Miguel Galindo Sánchez / www.escriburgo.com / miguel@galindofi.com
