

Ignoro lo que habrá costado a las arcas del estado, que son nuestros bolsillos, la visita del Papa, e intuyo que no nos lo van a decir. Un pastizal para ser un país constitucionalmente laico… Sin embargo, ahí lo tenemos, España le ha brindado una acogida apoteósica, donde ha petado plazas y estadios, dejando a Bud Bunny como su telonero. No me importa el precio pagado si ha sido bueno el resultado. Y en esto albergo ciertas y personales dudas, la verdad. Porque una cosa es lo que se muestra y otra lo que se demuestra. Y demostramos lo que somos: gentes de poco fiar, con más de fariseos que de publicanos.
No podemos achacar a León XXIV que no haya hablado alto y claro, poniendo el dedo en la llaga en todo momento y lugar donde le ha tocado lidiar… En el Congreso, condenó el enfrentamiento y la polarización, e instó a trabajar juntos por la justicia y el bien común de todo el país. Aplaudieron, derechas e izquierdas, y extremos, siete minutos puestos en pie; hasta los leones de la puerta felicitaron a su tocayo… Pero nada más salir por esa misma puerta, los disputados diputados siguieron atacándose, insultándose, mintiendo y dándose puñaladas unos a otros. Como si el Pape hubiera hablado al lucero del alba, y no a ellos. Falsos hasta el agotamiento. E hipócritas hasta el aburrimiento.
A los suyos de la Conferencia Episcopal, que les instó a curar la herida de los abusos sexuales perpetrados por la Iglesia en España, y a reconocerlos y no ocultarlos, se quitaron todos los sonotones y se quedaron mirando al techo en busca del Altísimo… Es más: triaron un exclusivo grupo de abusados afines y leales para entrevistarse con él, dejando en la calle a buena parte de asociaciones víctimas de su pederastia, que son más críticos en su reparación Minimizaron el daño ocasionado, negaron lo evidente, y, eso sí, no prometieron lo que no están dispuestos a dar, ni tampoco a reconocer. León tendría que haberse bajado de sus seiscientos al salir, y, tras sacudirse las sandalias, haber contactado con los que estaban a las puertas, creo yo…
En Catalunya tampoco se encogió en recomendar la unión y la cooperación, atacando el separatismo disolvente, que solo es negativo, dijo. Aún por la estúpida recomendación de Miriam Nogueras de que hablara en catalán (encima, la cretina, se lo exigió en inglés), él se limitó a la buena educación de bilingüear en casa de la barretina. A pesar de los estelados armados con “els segadors” que quisieron reventarle el acto de la Sagrada Familia. Dijo lo que allí tenía que decir, sin que se le fuera la voz ni la cara, aunque el aforo catedralicio estuviera a reventar de altos y bajos representantes políticos de todos los colores e intereses (incluidos los más ruines). Me juego mi pelleja a que, al igual que los del cenáculo de Madrid, la inmensa mayoría de “tots” ellos se pasaron la homilía por debajo del arco del triunfo. Estaban allí por protocolo y por los selfies, pero nunca, jamás, con la más mínima intención de ni siquiera valorar su mensaje. Es patético ver “la compañía que lleva la Virgen”, como decía mi madrina.
Lo del viaje a Canarias, como despedida y cierre, no pudo tener un objetivo más claro y preciso. Y precioso: defender a los inmigrantes de las mentiras y bulos que atentan contra cualquier dignidad humana – tanto del que las comete, como del que las recibe – y atacar lo que la “Prioridad Nacional” esconde de odio y racismo encubierto… En las islas no hizo otra cosa que poner las medidas de xenofobia en la diana. Tampoco creo, y ruego sepan disculparme, que haya logrado nada. El sentimiento de rechazo está tan extendido en buena parte de la población que ya es como un veneno que lo invade todo. Lo demuestran los resultados de las urnas en las elecciones de cualquier corrala. No me estoy inventando nada.
Lo curioso del caso es que, a posteriori, todos, absolutamente todos los políticos, incluyen en su parcial discurso el del Papa, falseándolo y modificándolo a su puñetera conveniencia. Con todo el descaro del mundo y sin ningún pudor. Todos se siente avalados por León XIV, cuando, en realidad, y en el fondo, no ha dado la razón a ninguno, más bien casi que al contrario. Tan solo se ha desalineado de todos y cada uno de ellos, limitándose a exponer los hechos tal y como son… o mejor, como debieran ser.
Nos encontramos ante un Papa algorítmico, dice J.José Millás, porque produce “un grado de satisfacción transversal”, comenta en su jugosa columna de el País de 12/6. Los conservadores perciben un carácter de continuidad; los progresistas ven matices revolucionarios; los jóvenes lo encuentran cercano a ellos; y los mayores lo vemos como un pontífice sensato. Los creyentes se ven ratificados en su fe; los ateos lo ven como un hombre razonable; los gnóstico como abierto al diálogo… Pero, si en verdad somos honrados con nosotros mismos, todos, a nivel personal, nos sentimos, o deberíamos sentirnos, también interpelados, porque, al final ninguno nos comprometemos con lo que dice. Absolutamente ninguno somos capaces de adoptar, ni adaptar, las bases de un cristianismo radical como el de “tuve hambre y me diste de comer, sed y me diste de beber, frío y me arropaste, fui forastero y me acogiste en tu casa”.
Así que este Papa, en definitiva, lo que ha hecho es dejarnos un mensaje tan viejo y antiguo como conocido y poco, muy poco, practicado. El de “no hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti”. Nada más. Simplemente. Eso sí, lo ha hecho rodeado de dignatarios y arropado por multitudes, que por eso es el Obispo de Roma; pero en todas sus peroratas ha dicho lo que se encierra en esa decena de palabras. De diferentes formas y con distintos contenidos y matices, sí, vale, pero todos se reducen a lo mismo… Sin embargo, es tan sencillo y elemental que no sabemos, o no podemos, o no queremos, entenderlo y ponerlo en práctica.
Ni siquiera la propia Iglesia, con su inmenso patrimonio y riquezas, con su poderosa Curia, es capaz de empobrecerse a sí misma lo que el Evangelio dice para que los pobres sean menos pobres. Predican lo que no practican… Pero eso no es excusa para que cada ser humano, se considere católico o no, por el hecho de ser personas, no nos hagamos mejores a nosotros mismos.
MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com
