

Creo que fue Marx el que dijo aquello de que “las religiones son el opio del pueblo”, y nunca negaré yo que, en buena parte, no lo sean. Al menos tienen todos los ingredientes para serlo… Pero hay otros opios del pueblo: el fútbol, por ejemplo, es uno de ellos. Si el catolicismo supera los dos mil millones de fieles, el fútbol consagra a muchísimos más. El fútbol, como cualquier religión, se basa en el sentido de pertenencia humana a algo mayor que el propio ser, así como en su capacidad de convocatoria.
León XIV, en su visita, petó el Santiago Bernabeu hasta la bandera, igual, exactamente igual, que en un Real Madrid-Barça… Un papa lo hace en nombre de una determinada fe; y un equipo lo logra en nombre de unos determinados “colores”. Ambos dos son revestidos de un cierto sentido de seguimiento más o menos ciego. El sentir esos “colores” es similar al sentir una hermandad devocional, o procesional, de cualquier Cristo o Virgen… No es extraño que la despedida del Papa de la misa del estadio madrileño fuera: “hemos metido un golazo”. Como el golazo que le dió a España el mundial de Fútbol. Igual.
Y es que, el grito de “goool” emitido por una congregación de fieles de un equipo, es de igual naturaleza que el “aleluya” gozoso de la otra congregación de fieles que se junta en otro escalón de la misma escalera. Ambos dos encierran un rito de adoración y sometimiento. Aquí, la creencia y la querencia se parecen mucho. Tanto, que a veces es lo mismo. El salto de la verja de la virgen de Almonte, es paralelo al salto al campo cuando el equipo de uno queda campeón. Pero también hay otros paralelismos: el fiel creyente igual se proyecta en el santo patrón del pueblo, o de su ciudad, que en el equipo representativo local, regional, nacional… Tanto cuando compite, que cuando procesiona, pues ambos no dejan de ser una suerte de competición.
Dice el lingüista internacional Manuel Caparrós, que “el fútbol es la religión más seguida de la tierra”, y no exagera en modo alguno. Miren los números (y calculen el negocio, ya de paso)… Y es una religión popular porque nos salva a nosotros mismos de nosotros mismos de la tristeza de nuestra propia mediocridad, puesto que nos reflejamos en ellos, en los sumos sacerdotes que ofician, sintiéndonos representados por ellos en su oficio. Somos parte de los partidos que no jugamos, igual que nos hacen sentir parte de sacramentos que no entendemos, aunque nos hagamos vicarios de ellos… No decidimos nada, pero creemos a pies juntillas que nuestros deseos a voz en grito (oraciones, al fin y al cabo) obrarán el milagro de sentirnos superiores a otros demás… Somos, pero no somos, tan solo estamos, y delegamos. Pero, eso sí, con toda nuestra fe puesta en ello, sea lo que sea ese ello.
La misión de la religión es nuestra sumisión. Y la del fútbol – como todo deporte mayoritario – también… Ambas se basan en captar adeptos que las mantengan y se partan el pecho en la defensa de sus escudos. Son como unos refugios en los que nos sentimos proyectados. Aceptamos las reglas ciegamente, las compartimos, y nos entregamos a ellas… Antes que una superstición en la que escondernos, una religión es un saber común, un relato que compartimos, creemos y aceptamos; al igual que el fútbol, todos saben (sabemos) de él, reconocemos sus ritos y sus signos, sus normas y sus dogmas… Todos son nuestros símbolos totémicos y tribales.
Y ahí nos reconocemos todos, y nos identificamos, y a los que tributamos (tributar viene de tribu) nuestro seguimiento y pleitesía… Seamos futboleros o nazarenos, tenemos una especie de sentimiento común, y nos fabricamos los mitos a través de nuestros ritos. Nadie es forofo de la lluvia, el sol, o el viento, pero sí del Cristo de Medinaceli o de Yamín Yamale… Hay algo que no podemos negar: el fútbol es una pasión, y toda pasión es religiosa; a nuestra propia Semana Santa la llamamos así. El componente en ambos casos es el mismo: la exaltación. Y toda exaltación es una pasión extraordinaria que produce beneficios extraordinarios a quiénes las rigen y ofician, pues toda pasión exaltada necesita de un sacerdocio que oficie tan suculento oficio…
… O sacrificio, ya puestos. Pues, al igual que los sumos sacerdotes del templo se llevaban un buen tajo en los beneficios de su sacrificio ritual, sus homólogos lo llevan en absolutamente todo de lo que concierne al suyo. Para que un equipo gane cualquier trofeo, nacional, continental o mundial, el resto han de ser inmolados (eliminados) en los altares (canchas) de los sacrificios, y los muñidores sacan buenos salarios de ello. Cualquier competición es un ritual sacrificial, donde, para ganar unos pocos, han de perder unos muchos… Si sabemos verlo, es el espejo en el que se mira nuestro propio mundo; toda la sociedad que formamos; ¿cuántos han de fracasar para que gane un solo ídolo?.
Un buen amigo, que todavía sufre como autónomo, igual me preguntaba, ¿cuántos tenemos que pagar y cuánto para que se lo lleve un sinvergüenza?.. Pues viene a ser lo mismo, igual negocio, algo muy parecido a las estafas piramidales. La diferencia estriba en que, fiscalmente, somos obligados, pero en lo otro lo hacemos voluntariamente y con todo el gusto del mundo. No es lo mismo tampoco la “X” en la Declaración de la Renta, la cesta que te pasan en las misas, la entrada que te cobran para ver una catedral, o las inmatriculaciones que se pillan, que lo que te saca el Fisco en vivo y en directo. Pero hay quién se deja la voz y el pellejo por ver ganar a su equipo entre cien que buscan lo mismo.
Sin embargo, aunque yo lo critique, que lo confieso, hay que reconocer que es una experiencia a superar en la evolución del ser humano… Cuando todo esto está tan generalizado – y tan comercializado – y aceptado por la humanidad, es porque así queremos creerlo. Más aún en estos tiempos que corren. Llegará un día en que nos estimemos a nosotros mismos lo suficiente como para no tener que identificarnos con los ídolos que nosotros mismos levantamos con dinero; y eso será cuando se alcance una escala de valores que supere la actual mediocridad, y vea más allá de lo superficial lo que realmente tiene valor. Ojalá sea más pronto que tarde… Y, mientras tanto, gol en propia meta, nos entretienen con el mundial y cofradías varias… ¡Olé!..
Miguel Galindo Sánchez / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com
