

Si el 18 de Julio del 36 se produjo el alzamiento en armas de una parte del ejército contra el gobierno legítimo de la República española, exactamente un mes después, el 18 de Agosto, fue asesinado Federico García Lorca… Una de las 115.000 víctimas civiles de la dictadura franquista, y que aún siguen tirados en cunetas, parajes, tapias de cementerios y fosas comunes; y de los que cada vez quedan menos familiares que reclamen sus restos para poder enterrarlos dignamente… A pesar de las repetidas peticiones de la Onu para que se avance en ese sentido – que es el de la auténtica y genuina reconciliación – los herederos políticos de los que ganaron aquella ruin guerra fratricida, no hacen otra cosa que poner trabas a esa, aún candente por desgracia, memoria histórica.
Pero… ¿cuál fue el crimen de García Lorca, en definitiva?.. Que 90 años después, algunos álguienes lo quieran disfrazar como “rencillas familiares y locales”, como se ha escrito por ahí, no deja de ser una despreciable desfachatez, una más de las muchas que se dicen por el estilo. De hecho, lo hacen porque saben que la gente (también los jóvenes “gente”) cada vez es más ignorante de su propia cultura y de su propia historia. Así que utilizan el método nazi de Göebbels: “repite una mentira cien veces, y la convertirás en una verdad”.
En realidad, es lo que está pasando, pero es una absoluta falsedad. Y lo es, porque el fascista Ramón Ruíz Alonso, responsable de su denuncia, detención y muerte, dejó por escrito los motivos de su condena: “Lorca ha hecho más daño con la pluma que otros con las pistolas”… Más claro no se puede decir. Es cierto, García Lorca escribió artículos y manifiestos contra el entonces naciente nazismo; defendió a los más pobres, marginados y perseguidos; y luchó con su pluma contra las injusticias y abusos de los más poderosos. Ese fue su delito, y no otro.
Y esto hay que decirlo y transmitirlo para que no se olvide la verdad que se quiere tapar hoy por intereses de la nueva derecha neofascista, a la que tan inconscientemente estamos votando para que imponga una nueva censura por la coacción, la fuerza y la violencia… Pero ese mismo 18 de Agosto, fue detenida Juana Capdeville, bibliotecaria, embarazada y de izquierdas, por el delito de ir a preguntar el motivo de la detención de su marido. Le dispararon y tiraron su cuerpo por el monte Gándara, Km.526 de la nacional VI… También el mismo día, a Cármen Pesqueira Domínguez, “la Capirota”, lavandera, fue torturada y asesinada por intentar defender a un viejo al que estaban dando una paliza un grupo de falangistas…
Hubo ese 18 muchos Garcialorcas… A la maestra de Miño, María Vázquez, socialista y feminista, fue asesinada por tales mismos cargos, sin prolegómenos algunos. Por pensar cómo pensaba y decir lo que sentía… También otro intelectual ese mismo 18, Alexandro Bóveda, fue muerto y despeñado su cadáver desde el monte A Caceira. Como muchísimos más fueron “paseados” el mismo día que a Federico, y por el mismo crimen: pensar por sí mismos, sentir por sí mismos, y decirlo por sí mismos, esto es: ejercer su libertad intelectual. No se marchó solo Federico García Lorca ese día, pues se fue en buena compañía, desde el resto de la España que le dolía… y lo pongo en mal pareado como homenaje al poeta que era. En un humilde monolito alzado en el monte Viznar, reza: “Lorca eran todos”.
Soy consciente que las venganzas y las miserables e inhumanas “chekas” funcionaron en paralelo al otro lado de la contienda… A estas alturas de mi escrito de hoy, y en estos tiempos revueltos que vivimos, no faltará quiénes piensen y digan que estoy atizando la cultura del odio, aunque el odio no sea ninguna cultura; o la del no-olvido, o la del revanchismo… Tienen todo su derecho a opinar, al igual que también lo tengo yo, y así se lo reconozco de antemano, pero, permítanme que lo diga, están en un craso error. Primero, porque conocer y reconocer es previo a perdonar y olvidar. Segundo, porque las heridas que no se curan se infectan, no sanan, producen dolor, y el dolor nunca es buen consejero. Y tercero, porque sin asumir los errores, incluidos los horrores, nunca, jamás, se podrá rectificar para que ya no vuelva a pasar.
Mi padre no terminó así porque llevaba a cuestas un ángel de la guarda que para mí lo querría yo (lean El Teniente Galindo, de Edit. Planeta); y, sin embargo, la gran lección que nos enseñó a sus hijos tras su Odisea y vuelta a su Ítaca, fue la comprensión y el no guardar ningún rencor a nada ni a nadie. En uno de sus últimos días, me dijo: “Las experiencias que enseñan a odiar no son verdaderas experiencias”. Y es cierto. Las experiencias están para aprender lo mejor de ellas, pero no lo peor; y menos, mucho menos, para odiarnos entre nosotros. La Historia está (a veces inventada) para eso mismo: como lecciones de las que debemos aprender para ir mejorando en el jodido curso de las vidas, y no tener que repetir asignatura. Eso aprendimos en casa mi hermano y yo desde bien pequeños. Y eso mismo procuro.
La Historia hay que leerla con detenimiento, pero con desapasionamiento. Hay que analizar los motivos y las circunstancias antes de emitir un juicio; donde las emociones estén lo suficientemente alejadas de nuestras vísceras, en lo posible. Solo así podremos actuar en consecuencia… Por eso mismo digo y repito que el evaluar y asumir las lecciones de la Historia, en modo alguno supone desenterrar el odio, si no, más bien, todo lo contrario: enterrarlo. Aunque bien sé que el odio no se deja enterrar, porque prevalece sobre todo silencio impuesto. Precisamente. Al revés, cuando se saca y expone a la luz de la razón, desaparece por sí solo.
Éstas son mis razones, y si no les valen “puedo buscarme otras”, como diría el amigo Groucho… Sin embargo, reconozco que el problema, y no pequeño, reside en la manipulación interesada de esa misma Historia, que la convierte en historia, con minúscula. Por eso siempre aconsejaré historiadores independientes, libres de toda condición política y de toda afiliación mediática, que haberlos, háylos. La Historia de las aulas está contaminada, burdamente además, por maniqueos intereses de los políticos de guardia en cada garita. No son fiables, ni son recomendables. Nuestra planificación oficial es de la Cultura hecha incultura; mucha de-formación, y poca, muy poca, educación.
La polarización sobre la moderación en nuestra sociedad actual, es fruto de ello. Nos eliminan la cultura del pensamiento y se nos lanza a la del sentimiento. Se forma, pero no se informa. Se eliminan los ideales y se fijan las ideologías. Las primeras son positivas por naturales, y las segundas negativas por artificiales, y artificiosas. Y todo lo hemos aceptado como pobres tontos… Las “comidas de coco” están a la orden del día, y fluyen como cloacas por las redes, por los medios, y por los que han hecho profesión de “su” política. Nosotros somos las víctimas propiciatorias a las que se nos sacrifica – nos sacrificamos voluntariamente – en el altar de las urnas. Los resultados es de lo que luego, después, tanto nos quejamos, pero no hay peor cosa que no querer ver, no querer escuchar, no querer saber, y despreciar todo conocimiento… “Por sus frutos lo conoceréis”.
MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / miguel@galindofi.com www.escriburgo.com
